Hoy no quería despertar y he mantenido los ojos cerrados durante tres horas seguidas… Estaba contigo y no recuerdo cómo te había conocido; quizás te conocía poco, y pese a todo no me importaba. Mantener la sorpresa despierta cuando la respuesta es perfecta, es la mejor de las sorpresas. Por qué espesa la saliva es algo que todavía no sabemos, pero es algo que podré llegar a saber. Y el suelo estaría frío, tanto como el despertar a la mentira, pero en la verdad no había por qué pensar en él. Y notaba la simple sábana sobre nosotros, tan frontera con el mundo de fuera: y así lo sentimos cuando escuchamos la voces jóvenes ahí en el exterior: me cogiste el sexo sin miedo, sin pensar en nada más que en continuar. Me pregunto hoy cómo se puede pasar una noche completa en silencio, sin mediar palabra, pero en completa comunicación silenciosa. Me pregunto qué será de ti ahora que la luz nos separa…
Hoy es tu primer día en el circo. Desde la grada puedo verte la cara. Sudorosa, preocupada. Si pienso en mañana y en las risas de mañana no sirven para quitarme el sufrimiento de hoy, de hoy que te veo llegar encarcelada por el cuello, por los pies, por las manos. Miras alrededor, buscando algo pero en el fondo de tu mirada buscando nada. Pero allá te sorprendo buscando esto que tengo dentro, que podría tener dentro. Y si salto al ruedo tendré que dar mi vida, y no sé si es hoy cuando debo morir. Y te lo veo en los ojos: si no has saltado, no estás a mi lado.
Juntos, lamiéndose las líneas, aspirando el aire que surge por los surcos, pasando los labios por pelos de algodón, juntos, sobre el suelo hermosos, pero hermosos sobre el mullido colchón de espuma, hermosos apoyados sobre mi pecho. Tiernos, esponjosos, toboganes para mi saliva, el sexo con mis manos, sus caricias en mis manos, el orgasmo de mi lengua al rozar el bello erizado, humano, terso y a la vez suave. Me recorren las mandíbulas, la visión, la barbilla, las axilas, encienden toda mi energía, me extinguen y me rescatan cual goma elástica de terciopelo. Tan tuyos que siento celos de ti.
Porque es inevitable la Tristeza cuando hay derrota. Cuando la derrota es un pródromo es también un final, un desenlace. Está cerrado el bucle de la derrota: soy una rata drogada y perdida en un laberinto y en su laberinto. Hay palabras tachadas y sentimientos rasgados, un camino desdibujado, una espalda contra el muro, una pared cayendo, un cuerpo exhausto, una nihil mente. Palabras a trozos, picos escarpados no coronados, sueños rotos y sueños ausentes. Culpabilidad, ya culpabilidad infinita, sin ganas de pagar, sin fuerzas para pagar: soy pobre en el bolsillo y en el espíritu. El torbellino cardíaco y mental me escupe de la soledad de la silla, madera occidental, sudor maloliente, brillo pasajero, ¿real?, huídas y enfermedades. Eso sí, sigo sin tener miedo de escribirme. Podría escribirme torsiones de puntas o fibrilaciones ventriculares que acabaría encontrando sentido, calor y apoyo en rayas literarias sin sentido.
Es el momento de la vida en el que no hay nada importante: da igual si morir o si seguir hacia delante; y todos hemos pasado antes o después por este sendero. También, quizás, el mismo sendero forme parte de otros lugares diferentes, o bien, en lugar de llamarlo sendero, lo podríamos llamar de otra forma: etapa, edad, fase, momento. O quizás sea yo de los pocos que todavía tiene tiempo sin cubrir para dedicarlo a pensar, o tal vez sean estos los últimos momentos de tiempo que voy a tener. No existen las autopistas de pensamientos en mi memoria, más bien extensas selvas por donde me pierdo. Que tal vez sea bueno empezar ya a civilizar, que ya hemos comprobado demasiado tiempo las posibilidades de la naturaleza virgen. Da miedo.

