Cuatro Versos
La casa está vacía.
Un viejo tocadiscos suena allá al fondo.
Huele a humo de tabaco,
suspendido en el aire,
recién quemado.
Pero también huele a calma,
porque la calma también huele, a veces.
La casa es vieja:
lo narran sus paredes.
Se abre una puerta
tras el llanto de las bisagras.
Detrás: una mesa solitaria.
Cuatro versos en un papel macilento
de un poeta desconocido,
y el papel encima de la mesa.
Las ventanas abiertas:
la frontera del mundo maldito
o el fin de la vida que quiero.
Bajo, sobre los adoquines desgastados,
muerto el hombre.