Pensatiempos – J. L. Andreu Berzosa » Naturalment
La vida interior es tu propia casa, no es nada extraño. Que luego, según expresiones y según maneras de contemplar, puede ser muchas cosas, pero quizás todas demasiado extrañas. La vida interior es tu propia casa. Ella te da seguridad, acogida, calor, espacio (para la locura), y tantas otras. La vida interior te permite Hacer y parar a gusto. ¿En qué trabajas? Me preguntan. Yo trabajo mi vida interior. ¿Y eso te da dinero? Continúan. Y yo sólo guardo silencio. La leche fría sólo la he probado en mi vida interior, y cojo el envase como si fuera un botijo, vertiendo la leche desde arriba hasta la boca, pero no cae ni una gota. Yo aquí (pero en todos sitios) vivo entre tinieblas, en silencio prácticamente siempre, ideando y pensando de continuo, y a veces, cuando me muevo, se me olvidan las ideas. Escribirlas es muy difícil por la velocidad con la que pasan. No seré el único, pero quizás de los pocos, no sé, juzga tú esta idea, el que piensa en los vecinos y reconstruye su vida a partir de sus ruidos. ¿Podríamos decir que no soy nadie porque vivo en silencio? También debo ser de los pocos que se preocupe por los locos, pienso en ellos como pienso en mí. Los locos no viven entre la gente, creo. ¿Siguen estando en las montañas, alejados de todos? Es extraño separarlos mentalmente cuando mentalmente pienso que todos somos uno de ellos si pienso que normal no hay nada, sólo personas como islas que adoptan las normas de ahí afuera. Así que: ese grupo no vive entre nosotros, viven en cuevas y salen por las noches (la literatura puede hacer de ellos algo parecido a los vampiros en esta jocosa idea irónica). Nadie los oye gritar al lado de la pared, ni lanzando cosas contra los espejos ni contra las ventanas. Yo intercambio la mirada con ellos, y soy uno más en este juego. A veces pienso que sería bueno aprender a ver las cosas de otro modo, así como ellos…
Esquizofrénico, delirante, alucinado o llámalo como quieras, pero yo un día lo vi así. Vi una selva donde de pequeño no la veía: hay cosas que los papás no enseñan o hay muchas cosas que los papás no saben o hay muchas cosas que los papás no quieren saber. Vi una selva de árboles altos y de helechos negruzcos, y nunca imaginé la cantidad de fieras que tras ellos o en ellos se escondían. Animales salvajes, extrañamente listos e inteligentes, extrañamente, que esperan la debilidad, que la huelen, de su presa. Lo que viene después igual pueden imaginarlo… Exactas conjeturas o ideaciones, esquemas maquiavélicos, planes perfectos de caza y captura. Existe en la selva una precisión de la que nunca había oído hablar, un disparo en el centro de la diana. No me enseñaron a ser el animal más fuerte porque ya nací sin la potencia, y creyéndome de los más listos estoy atrapado en una red, en un agujero, esperando a nada más que a que venga el listo a devorarme o a dispararme para devorarme después. Técnicas de robo, llamadas ocultas, comunicaciones subterfugias, silencios extraños…nunca pude imaginar la extensa red de mierda que me atrapa, y yo vivía silbándole a los pájaros… No tiene mérito, ni sentido, y encuentro en mí vergüenza y mucho más que eso cuando me veo hablándole a una vela o a mí mismo, soñando con un sueño, esperando un beso, aprendiendo una canción. Y no me quisieron decir que estaba rodeado de animales para que no me convirtiese en uno de ellos; pero ante el peligro: mejor serlo.
Me aferro a tu mirada porque no tengo hoy nada más de ti. Ayer un movimiento y antesdeayer una palabra a lo lejos.
Yo siempre miro a los ojos y me gustas porque me miras a los ojos; siempre me has mirado a los ojos. Hoy cambia la oblicuidad. Ya no es un rayo orgulloso directo, sino que toca mis pestañas inferiores. Ya existe vergüenza en tu mirada, que es lo que existe en mi corazón desde hace semanas. Hay una manta sobre el rayo, una manta cálida y de pelo suave, con aroma de suavizante de vainilla. Hay pregunta en tu mirada, y cuello y abrazo con roce sutil. Hay el mejor de los momentos del amor, sin aburrimiento, sin pesos, sin excesiva confianza, con respeto. Una luz láser blanca dentro de un tubo de metal, una súplica, una palabra, todo eso hay en tu mirada, hoy.
Este es un país frágil, y seguro que no el que más. Un país en el que siete, ocho, diez años de trabajo pueden desaparecer con un robo simple. Un país que diferencia el concepto robo del concepto hurto, pero que no sabe diferenciar verdad o mentira. Un país que paga al mentiroso y deja desnudo al sincero. Un país de ladrones: el ladrón vive al lado de tu puerta, y el asesino, y el loco, pero también el poeta. Un país del paga tú primero que nadie te devolverá después, un país de injusticia. Y a mí, que me pidieron que no mintiera nunca, ahora me piden que mienta: así nadie se pondrá de acuerdo. Fíjate cómo la sinceridad me hace vaciarme los bolsillos, quedarme pobre, y perder… y aún así no ganaría dinero con la mentira ni me sentiría más listo si lo ganara, y por supuesto que no robaría en mi vida. Eso sí: lo único que le queda a este gilipollas es volver a empezar de dos, porque de cero ya empecé hace tiempo, comerme la impotencia, acuchillar a las sombras y arrepentirme después por cortar el aire y sanar sus heridas con mi saliva, y pensar en los valores agujereados, en los valores ausentes de los abuelos, de los padres, y del chico que, aprovechando uno de mis mínimos descuidos, entró en la intimidad de mi casa a robarme los escritos…
Una vez fuera de mí puedo llegar a pensar en lo que hago día a día, y verlo como absurdo, como excesivamente rutinario, incluso dañino (que lo es). También sucede que me vuelvo intolerante, o quizás lo sea todos los días sin haberme dado cuenta. Sucede eso: que puedo llegar a pensar, desde fuera, en cómo soy. Es una buena terapia, aunque dañina (que lo es). Me doy cuenta que las conversaciones sin fondo levantan de las sillas a las personas demasiado pronto. Ilusamente pienso que la más guapa del grupo ralentiza sus movimientos y queda la última, incluso sola, para esperar a que levante la mirada, porque supuestamente también, antes, me he reído de su conversación tan mágicamente, y sin ella saberlo le ha gustado la crítica porque también ella pensaba que la conversación era aburrida. Yo hay veces que hablo más conmigo mismo que con la gente, por no decir que siempre: y es que a la gente, creo, que no le gusta hablar.

