Juntos, lamiéndose las líneas, aspirando el aire que surge por los surcos, pasando los labios por pelos de algodón, juntos, sobre el suelo hermosos, pero hermosos sobre el mullido colchón de espuma, hermosos apoyados sobre mi pecho. Tiernos, esponjosos, toboganes para mi saliva, el sexo con mis manos, sus caricias en mis manos, el orgasmo de mi lengua al rozar el bello erizado, humano, terso y a la vez suave. Me recorren las mandíbulas, la visión, la barbilla, las axilas, encienden toda mi energía, me extinguen y me rescatan cual goma elástica de terciopelo. Tan tuyos que siento celos de ti.

Porque es inevitable la Tristeza cuando hay derrota. Cuando la derrota es un pródromo es también un final, un desenlace. Está cerrado el bucle de la derrota: soy una rata drogada y perdida en un laberinto y en su laberinto. Hay palabras tachadas y sentimientos rasgados, un camino desdibujado, una espalda contra el muro, una pared cayendo, un cuerpo exhausto, una nihil mente. Palabras a trozos, picos escarpados no coronados, sueños rotos y sueños ausentes. Culpabilidad, ya culpabilidad infinita, sin ganas de pagar, sin fuerzas para pagar: soy pobre en el bolsillo y en el espíritu. El torbellino cardíaco y mental me escupe de la soledad de la silla, madera occidental, sudor maloliente, brillo pasajero, ¿real?, huídas y enfermedades. Eso sí, sigo sin tener miedo de escribirme. Podría escribirme torsiones de puntas o fibrilaciones ventriculares que acabaría encontrando sentido, calor y apoyo en rayas literarias sin sentido.

Es el momento de la vida en el que no hay nada importante: da igual si morir o si seguir hacia delante; y todos hemos pasado antes o después por este sendero. También, quizás, el mismo sendero forme parte de otros lugares diferentes, o bien, en lugar de llamarlo sendero, lo podríamos llamar de otra forma: etapa, edad, fase, momento. O quizás sea yo de los pocos que todavía tiene tiempo sin cubrir para dedicarlo a pensar, o tal vez sean estos los últimos momentos de tiempo que voy a tener. No existen las autopistas de pensamientos en mi memoria, más bien extensas selvas por donde me pierdo. Que tal vez sea bueno empezar ya a civilizar, que ya hemos comprobado demasiado tiempo las posibilidades de la naturaleza virgen. Da miedo.

El mismo tiempo que borró algunos escritos es el portador de los casi cuatrocientos que pesa esta página. Muchas imágenes son barridas de la memoria y puede ser que queden antiguas marcas en su pared cubiertas por las nuevas. Hoy hay una nueva conciencia que dice que pocas cosas han merecido la pena, y que muchas son nudillos que sangran o pólipos en las cuerdas vocales; pero tal vez la piedra esté más lisa y la voz menos ruda. ¿Para algo? Para hacer del tiempo algo más llevadero, algo más poético que una simple conversación del tiempo. Cuatro años sirven para seguir diciendo que hasta hablar del tiempo puede cambiar la vida. Si por el sexo continúa la especie, por el sueño y la palabra sigue en pie Pensatiempos. Gracias por el tiempo, por cada segundo, y por desempolvar este rincón oscuro.

Tal vez sea yo el que yerre y todavía más cuando me pides que abra los ojos; pero los mantengo cerrados y todavía no me lo he cuestionado de verdad. Yo soy ese que tanto se pregunta y que sólo piensa en sí mismo. Supongo que mi realidad interna infinita no me permite abrir los ojos hacia fuera. Y no me quieres hacer daño, sólo abrirme los ojos, y en el fondo me duele no saber cómo hacerlo. Ayer te vi en una de esas ocasiones en las que tengo que levantar la mirada por necesidad. Te vi y me enamoré, tan sencillo. Tanto que me he despertado y he vuelto a buscarte. Allí estabas tú o no. Creo que no porque tampoco he mirado tanto. Pero hay algo que quizás desapreciamos: yo no miro con los ojos de la cara. Puedo decir que no eras tú, porque tú eres miedosa e introvertida, demasiado sutil, ingenua, casi perfecta. Tú no hablas con la boca, hablas con las manos y con la mirada, hablas sin hablar. No eras tú porque ni mi corazón ha saltado ni mis dedos han vibrado con las monedas en la mano. Así que diré que no te he visto y que ya, desde ayer, te hecho de menos. Y que si no apareces tendré que admitir que estoy loco y que veo donde no existe.