Pensatiempos – J. L. Andreu Berzosa » DePorDentro
No tengo ni que buscar. Y si busco, puedo encontrar razones filosóficas y hasta con lógica aplastante: la melancolía induce estados de relajación. Cuando se sabe hacer estallar la droga interna que destapa la melancolía, uno la puede utilizar a gusto para relajarse. Como todo, hay que saber las medidas justas. Pero para saber la respuesta no tengo ni que buscar. Pero si busco un poco puedo recordar a muchos escritores bebiendo y fumando, tristes, de verdad o de mentira, porque triste se escriben las cosas más profundas, porque la tristeza puede ser la forma más real de la normalidad, porque afina los sentidos y porque todo parece tener mejor sentido. La melancolía da paz, aleja los ruidos, acerca el silencio y promueve el pensamiento. Pero para saber por qué elijo, a veces, la melancolía no tengo ni que pensar. Porque es triste llegar a casa y no escuchar la voz perfecta, pero la voz perfecta creo que no existe. Es triste salir a la calle y darse cuenta que sólo existe un lugar a donde ir, donde uno se siente a gusto, y que hay que pagar para poder entrar. Pero pagaría lo que hiciera falta, porque es uno de mis pocos lugares, si no el único. Se transforma en melancolía la tristeza de levantarse y saber que uno todavía depende de los demás para seguir existiendo, porque para mí la mayor realización es ser independiente. Es melancolía no poder devolver todo lo que a uno le han dado, queriendo o con intereses, pero a fin de cuenta entregado y recibido. Es triste repetir una y otra vez un examen por ser ignorante, y otra vez, quizás por no reconocer lo que uno es y quiere. No sé por qué pero acabo aprendiéndome las canciones más tristes: mi repertorio está cargado de ellas; las canciones para pasar el rato no llegan a ningún sitio de mi persona, y es así porque no merecen la pena, y es así porque en el fondo no sé si son canciones o electrónica. Si por lo que sea llega a mis oídos lo que en el mundo pasa, tampoco es que sea para llenarme de placer y gozo: la melancolía es generalizada. Lo que a otros hace feliz no tiene nada que ver conmigo, y quien está feliz no sabe compartirlo conmigo porque no sabe meterse dentro de mí, ni me puede ayudar: nadie tiene tiempo o nadie tiene inteligencia, y cuando alguien los tiene no saben verbalizarla o la verbalizan tan confusa y egregiamente que es imposible entenderlos. Y puedo asegurar que en las últimas diez líneas tampoco he tenido que pensar mucho.
Por qué algunos de mis trabajos son melancólicos es fácil de saber, y es porque en algunos de los momentos de mi vida soy melancólico, y las cosas para mí no son siempre positivas y no siempre me vienen así. Quien quiera verlo de otro modo creo que se está mintiendo. Yo solo presto atención y no me miento, y cuando hay que disfrutar disfruto y cuando hay que llorar lloro. Pero no puedo ponerme a dar saltos todos los días: porque todos los días no existe algo tan grande como para ponerse a dar saltos. Y quien así lo sienta: felicidades, no sueltes nunca tu verdad, que hoy es mi mentira.
Cuando se marchan todas las piezas, todo se queda vacío. La única que queda soy yo, y nunca convencido porque siempre me queda algo que ultimar. Qué triste sentirse fuera del tiempo y algunas veces del sitio: es irremediable. Después no quedará mucha conversación pues mi vida siempre fue un libro, una meditación en el silencio: haz eso porque posiblemente no sirvas para nada más. Sirvo para mucho más que eso, yo lo sé. Es triste cualquier final incluso cuando no lo es: las cosas nunca acaban hasta que uno se muere. Todo cambia. Pero el día en el que acaban uno piensa en todo lo que vivió. Es precioso, es bonito pensar en cómo las cosas suceden, en el hecho tan simple que suceden, sin más. Yo me enamoro de cada pequeño detalle y nunca lo querría evitar: amar es una de esas cosas por las que vivo. Y evitar amar es ir en contra de un instinto. Amar es un instinto más. Todo lo que uno construye en un lugar, parece que se queda anclado en ese lugar, y que no va a acompañarnos. Sólo lo parece: en mí quedará una semilla de todo esto, tan grande. Mañana, la semilla que tengo en la mano, estará cubierta de tierra, y pasado empezará a brotar. Siendo la misma realidad la imagen es diferente. Ahora tengo que salir a la calle y no me apetece porque hace un frío increíble: pero más tarde, y mañana, acabaré agradeciéndolo. Hay que hacer, siempre hay que hacer.
Camino como quen non ten xa nada que perder, porque xa o perdeu todo. Podería a xente camiñar a ámbolos dous lados da estrada, cubertos con paraugas, e eu polo centro, deixando caer as gotas de choiva polo meu rostro, naturais, penetrantes por tódalas partes; e estando empapado non son consciente de elo, nin me importa se algunha vez o son. Camino amplo, perdido como o que asesinou a alguén e camiña sen buscar nada, esperando nada, pero medio atento por si alguen recoñece o crime e lle atrapa, aunque tranquilo porque o crime é demasiado recente como para ser xa recoñecido. Sentado no primeiro banco do camino, fumo. Penso na miña vida como se fora un libro de literatura, penso con pensamentos de novela. Leín e vivín dentro dun libro; reproducilo despois é cuestión de pouco; son o actor do meu propio libro, actor e autor la miña vida, a cal escribo día a día. Debuxo coas palabras que é para mi un pracer, e as veces hasta debuxo palabras.
Ahora lo entiendo, porque desde mi origen en el mundo permanecía la información cifrada como tantas otras cosas. Soy algo que se mueve a merced de una multitud de puntos que sostienen hilos transparentes anclados a una pared. Desde lejos la pared es diminuta, desde lejos los puntos no se ven. Mi voz inicia siendo un ladrido desde allá a lo lejos, y cuando llega a sonar por mi boca ya se ha convertido en palabras, en casi una poesía. Estoy en el tiempo y en el espacio, pero con un pensamiento, con una imagen, puedo llegar al ayer y al mañana, estando en el hoy despierto; y sin sentir el suelo nuevo bajo mis pies puedo simular la roca o el hielo en la parte más baja de ellos. Puedo arrugarme la piel sobre mi rostro joven, y enlentecerme el pensamiento, y deslizar las gafas sobre mi nariz hasta su punta: puedo imaginar que ya estoy muriendo, y no quiero, y no quiero. Puedo verte corriendo por la arena de la playa, joven, tierna, perfecta. Puedo verte libre, fantasma, recuerdo fantasma, mentira. Tantas cosas puedo. Y me despierta la luz de las formas de las palabras, sexo, viento, y la mentira se enrolla transparente como papel largo de celofán, se envuelve a través de mi línea del tiempo; cárcel, tumba, silencio. Una lima para la escarpada montañosa, para disimular y ponerme recto, y por dentro un viejo encorvado, pero ni viejo: una forma virtual, difusa, voluble como una bola de agua flotante. Sueño. Un abrazo a un desconocido, una lágrima. Las lágrimas no tienen sentido: el ojo llora cuando está irritado y seco, el nervio transporta la electricidad desde la corteza, la corteza se dispara sin sentido, a sus anchas, sin lógica. Y en el camino una cama elástica para saltar al cielo, un cielo que está en el día a día. Quizás un dibujo para el que lee y es artista, un enigma para el psicólogo, una canción para el obrero, una profecía para el sacerdote, una línea para la abuela, otra historia para la prostituta, teratogenia o estimulación para el desarrollo. Palabras. Energía y agujeros negros que absorben la energía de la pantalla, se la comen, la escupen, la arrugan, la atraviesan. Salen de las dos a las tres dimensiones y se tapan con mis uñas, por el eponiquio, suben con la sangre pasando la muñeca, los brazos, el cuello, la boca, y desde allí hasta el teléfono y la línea, donde vuelven a ser electricidad. Palabras.
Ahora lo entiendo: una imagen guardada en la memoria, una persona. Todo lo vivido, lo compartido, es enlazado. Lazos de hierro, que no se rompen, duros, de piedra. Pero un pensamiento lipídico, soluble, intercambiable, un rayo de luz, una esperanza, láser de calor, una necrosis, un olvido. Físico y químico: tan fácil pero nunca tan sencillo. Dos puntos y a parte o todo seguido. Una línea continua o cien millones de estrellas de una sola galaxia. Un laberinto a fin de cuentas. Todos hablan o levantar el brazo. Lo antiguo que choca con lo moderno, lo moderno que se pierde en un vaho blanco de tiniebla, o en vapor de agua. Translúcido o mojado y sucio. Ahora lo entiendo: sólo quise decir tres cosas. La duda resuelta, la primera. La segunda: lo explico y me pierdo. La última, casi siempre la más sincera, por ser la más clara, la más veterana por más tiempo: no quise enlazar más imágenes conmigo. Ahora camino con una menos, más liviano, más ligero. Con una más hubiera caminado con más peso, más preso, más dolido, más perdido, más ahogado, más jodido. No sé si la potencia de dentro leyó en el futuro. Es posible, para el soñador, el milagro.
Una constelación nueva, una breve, pero una. Vive la hormiga hasta que es chafada. Si no sale a la luz igual puede vivir diez años. Saliendo a la luz una u otra vida le espera. Puedo, de nuevo, imaginar lo antiguo bajo mis dedos y sentir casi el recorrido completo. Hubiera sido bonito una de esas antiguas máquinas de escribir…
He caminado por algunos lugares extraños, y podría decir que he escapado de algunos peligrosos, que estoy atrapado en otros los cuales desconozco, y que empiezo a tener miedo de la ciénaga en la que he caído. Es posible que este fango, que estas arenas movedizas sean similares a otras antiguas donde ya he caído, pero el lugar es diferente. Ahora es más triste morirse porque habiendo vencido la muerte es posible volver a morir. En estos lodos empiezan a callarse las palabras, como si entrara la podredumbre por la boca y tapara la garganta. Con la garganta tapada la nariz no respira. Pero puedo escupirlas escupiendo muy rápido y con mucha frecuencia. Y si las palabras se vuelven irracionales, ¿cómo será el pensamiento que es más abstracto todavía? Prefiero pensar menos, pero es imposible no pensar. Ya falla la cadera, que no la siento, y no recuerdo bien lo que había por debajo y por encima. Todo el cuerpo se está reduciendo. La lucha empieza a ser metafísica.
Mi huída depende de dos cosas: de mí mismo (de mi fuerza por querer salir) y de la fuerza con la que aprieta hacia abajo el pantano. Siempre el equilibrio en la balanza: cualquier movimiento hará que la balanza se ladee. Sin saber qué muevo me muevo, sin pensar, y consigo salir un poco y verme medio cuerpo cubierto de sanguijuelas que me chupan la sangre, pero los músculos, el alimento. Estoy distorsionado y veo cómo los bichos crecen y crecen a mis expensas, hasta ser iguales de tamaño que yo. Es un momento clave para seguir o morir del todo. Consigo aspirar fuerte y quitarles lo que se bebieron de mí. Cuando empiezo a recobrarme las arenas me aprietan hacia su fondo, y se me vuelve a sepultar el cuerpo, pero ahora hasta la cabeza asomándome la coronilla. Letargia. Preferiría cualquier estado menos este, pero es este: aceptación de la derrota, pero no la muerte todavía.
Es posible que esté devorado ya…

