Pensatiempos – J. L. Andreu Berzosa » D.ÄDDYE
Querido D.Äddye:
No debría empezar mi carta con una negación ni tampoco pidiendo perdón, pero, sin quererlo, ya he hecho ambas cosas: es posible que sí que seamos contradicción, pero también es cierto que mi contradicción me lleva a decir poco más que la verdad, y qué mejor que hacerlo para seguir creciendo, mejorando, aprendiendo. Querido maestro, no escribirle en tanto tiempo es como permanecer en silencio, pero ya sabe que he seguido expresando en Pensatiempos. No encuentro excusas pero las encuentro: me está superando la tensión, tanto hasta que estoy siendo hipertenso, por mucho que las mediciones sean erróneas, son elevadas. Me ha sucedido de todo, y lo más increíble es que me ha sucedido incluso lo que nunca pensé que ocurriría. Tenía usted razón: no sé por qué había dejado de creer en los duendes de la barriga, en las hormigas, en las tsá-tsá. Tan simple como que el científico no suele creer en lo que no ve y que el loco cree en lo que no está. Y yo he luchado por poner tutores guiadores a muchas de mis locuras… El resto lo habrá deducido de las lineas blancas entre lineas en Pensatiempos. Ya sabe: sigo escribiendo, continúo despierto, perdura en mi recuerdo.
Querido José Luis:
Me he visto cubierto de fango, revolcándome en el lodo, cual cerdo sin piara, graso transgénico para alimentar a bocas ricas, a estómagos orgullosos atentados con el mejor cava. Me he visto más torcido y pisoteado que una colilla en una estación de metro antigua. He sido padre de abortos y esposo de prostitutas. Es duro enamorarse de la mujer que pertenece a todos, abrazar un sueño inexistente e irrealizable o besar la boca de un perro rabioso. He visto morir a camadas de hermanos por la guerra y por el odio, incluso por enfermedades que ellos mismos se provocaban a sí mismos, incluso por decir que querían morir jóvenes y que así sucediera, incluso he visto y llorado cuerpos destrozados, estampados contra el suelo por el suicidio. He sentido al diablo dentro, he invocado su nombre e implorado sus enseñanzas. He agujereado mis venas con agujas infestas con mezclas de miles de sustancias, habiendo algunas que me quemaban la sangre: he tenido fuego sistémico. He visto a mis hijas casadas con las hijas de extranjeros, de los que no entendías más de dos palabras. He llorado, he desaparecido, he creído, he viajado, he soñado. Caminé por el desierto más de cuarenta días, y me quedé sin pies y ardió mi piel y me la arranqué a tiras. He escuchado hablar a las ratas, que me insultaban y repetían mis faltas cada segundo, una y otra vez. He cincelado mis errores en el hierro más duro de la historia durante mi encarcelamiento en el purgatorio, y he descubierto la mentira. He sido marioneta solitaria de teatro y escupidero de hojalata y diana de flechas, balas y morteros. Y siendo líquido de basura reciclado a altas temperaturas, mezclado con fango destinado a piaras, insuflado por el aliento de dios y hecho hombre, siendo hombre mantengo la esperanza de seguir descubriendo realidades, de seguir sufriendo para contarlas, para seguir aprendiendo…
Querido D. Äddye:
Descubrí sobrevolando mi cabeza un mosquito, insignificante a los ojos. Lo observé hasta cansarme. Acabé descubriendo que era el cerrojo débil de la caja de mi mundo interior, pues, cuando me picó en los labios, empezó a palpitar mi corazón, mis brazos abrazaron con amor, y me volví lo que soy: un loco. Su veneno. Su veneno, querido D. Äddye,? es una droga potente, cegadora, absorbente, liberadora. Me mantuvo días despierto, sin cansarme, atento, abierto, expectante, deseoso, loco. Cuando, después de convulsionar durante horas, mi cuerpo quedó exhausto, fue cuando me sobrevino la calma, el sosiego, la tranquilidad. La sensación posterior es una duermevela, con un suave olvido de mis actos. Pero, querido D. Äddye, no quiero olvidar, me mata olvidar mi apertura, me duele escuchar el golpe de la caja cerrarse, y sorprendo al mosquito volviendo a sobrevolar mi cabeza. ¿Estoy sintiendo bien, querido maestro?. Más tarde sobreviene un escepticismo, como un miedo, por las luces de mi mundo interior que se han desperdigado por fuera, por la oscuridad que creo que existe fuera. Y perder de vista las luces, perderlas sin saber dónde han llegado, me hace pensar, me hace encontrar más difíciles mis próximos pasos. ¿Hasta dónde llegan las luces, querido maestro? ¿Se pierden? ¿Se conservan?. He decidido hacer una cosa: procrearé mosquitos para recibir una pequeña dosis de veneno cada día con su picadura. Quiero dejar abierta una rendija pequeña de mi caja por siempre…Nos vemos pronto, un abrazo querido D.Äddye
Había sido un viaje largo. Subvencionado por largas noches de música en un pub de Barcelona, conseguí viajar para conocer al maestro. Creo que mi esfuerzo había sido mínimo por conseguir ese encuentro. Pero eran seis meses cambiando mis horas de sueño, peleando con borrachos por tocar otra más, compitiendo con el alcohol y con el tabaco para no utilizarlos más de la cuenta…es una justificación, pero las cosas venían así, y había conseguido lo que me proponía. Tampoco sabía qué iba a obtener después de aquel viaje y de aquel encuentro, pero sabía que disponía de quince días libres para aprender y exprimir al máximo las enseñanzas de un ser que, para mí, y para quizás no muchos, era más que especial, que era un sabio, un genio, una mente despierta, un maestro del conocimiento: D. Äddye. Llegué en avión a la ciudad. Encontrar el rincón al que se había retirado el Maestro costaba lo mismo que enhebrar una cuerda gorda por el ojo de una aguja. Esta fue una de mis primeras misiones cuando empecé mis viajes iniciáticos con el Maestro: “Cuando enhebres esta cuerda por el ojo de la aguja, sabrás que tú formas parte de cada mínimo objeto de la creación”. Hay quien pierde una vida buscando a dios en ningún sitio, hay quien encuentra a dios en cada pliegue de tiempo o de piel, en cada sonido, en cada objeto, en todo lo que puede ser o no sentido. Fue mi primer viaje…

