Pensatiempos – J. L. Andreu Berzosa » CuentaCuentos
Hoy es un día histórico para la humanidad. Los medios de comunicación habían reventado sus expectativas, y los hombres y mujeres que los controlaban habían dejado sus puestos en pro de su propia información. Desde el lejano Oriente, seguido por una cohorte de estrellas fugaces, que todo el mundo había podido disfrutar desde poco después de entrada la noche, había llegado el autor de la Historia del Mundo. El escritor de la vida de cada una de las personas que habitan el mundo. El autor de todo lo que nos acontece, de lo que nos ha acontecido y del futuro que nos depara. Una multitud se agolpa frente a los micrófonos, expectante. Él ha prometido rebelar todos los secretos de su obra. Ha jurado responder a cada una de las preguntas que se le cuestionen, hasta que su cuerpo no resista más el cansancio…
El sábado se transforma en el día que más pena da. Las cabezas se levantan después de cinco días mirando a las piedras, al polvo, al suelo. Preferiría que siempre se mirara al mismo sitio. Mientras Carlitos duerme, mamá sale a la calle vestida de cuero y llama por el móvil. En el restaurante camina por la puerta de un lado para el otro. Cuando pasa al lado de un joven le aspira con la nariz cerca de su oreja: es un guiño. Ella es joven y quiere serlo.
Era un papel de fumar pero era lo que más cerca tenía pero era suficiente, hasta que faltó papel. Pero tenía otro y lo pegué al lado y seguí escribiendo. Era suficiente hasta que necesité otro papel y otro papel. Entonces pensaba y era consciente de cómo iba aumentando el tamaño del papel, pero pronto no pensé en el tamaño, no pensé en nada más que en cómo iba desarrollándose el poema, si cambiaba de fuerza, de tonalidad, si quemaba o se congelaba, si dormía o despertaba, si olía o no y si olía a qué y cómo cambiaba el olor. Cuando acabé el libro de trescientos papeles de fumar bajé a comprar más papel, y tabaco, para cambiar la monotonía. Si pasaban los días lo suponía, solo lo suponía porque la gente había entrado y salido más de cinco veces de casa en los últimos tiempos. No estaba seguro, no hablaba con ellos. Cambió la gente de la vivienda y supuse que era el mejor momento para cambiar de tipo de papel. Cuando me di cuenta, la rugosidad del nuevo papel de celulosa me creaba problemas para expresarme porque parecía que se imponía a mi velocidad; no aceptaba el trazo rápido ni las fuertes presiones y no me dejaba escribir bien. Me amoldé a sus gustos: escribí más lento y más concienzudamente pero inconscientemente alocado. Lo importante era el poema, que no tenía fin porque no sabía cómo acabarlo.
- Tío, podrías hacer algo más a parte de escribir -Jorge, el nuevo compañero-.
- Es que no me apetece hacer nada más.
- Pero hay muchas cosas más a parte de escribir.
- Pero ninguna me llena igual.
- Bueno…¿qué escribes?
- Un poema.
- Y ¿de qué va?
- Cada día es algo diferente, pero siempre es el mismo.
- ¿Cómo que cada día es siempre el mismo?
- Es el mismo poema, todavía no lo he acabado.
- Sería buena idea escribir sobre muchas cosas, por cambiar, vamos.
- Pero es que no sabría escribir sobre otras cosas. No me gusta dejar las cosas sin acabar, además.
- ¡Pues acábalo y escribe cosas diferentes!
- Pero es que no puedo acabarlo.
Él intentaba mostrarme su punto de vista. Lo entendía como entendía el mío y me parecían buenos los dos. Crecía el poema y el poema me hacía crecer a mí.
- Jorge, me he enamorado.
- Vaya, genial. ¿De quién?
- ¡Del poema!
- ¡Pero no te puedes enamorar de un poema!
- ¡Ah no!, ¿por qué?
- Bueno, si puedes. Pero yo creía que te habías enamorado de alguien.
- Pues también.
- ¡Ah, sí! ¿De quién?
- De la chica del poema.
- No te entiendo…¿la conozco?
- No creo…
- ¿Pero es… real?
- Sí.
- ¡Qué alegría! Y ¿cómo se llama?
- No lo sé.
- ¿Cómo que no lo sabes?
- Pues es que la vi una vez.
- Y ¿hablaste con ella?
- Un poco.
- Pues yo diría que ella te gusta, pero que no estás enamorado.
- ¡No, no! Estoy enamorado.
- ¡Pero si solo la has visto una vez! Bueno, ¿qué te dijo?
- Que le escribiera un poema bonito. Le dije que escribía.
- ¿Y la has vuelto a ver?
-¡No, sólo la he visto una vez!
- Pero, ¿la has buscado?
- Sí, un poco. Aunque me dijo que no la buscara, que volvería ella para volvernos a ver.
- ¿Qué volvería dónde?
- No me dijo ningún sitio.
- Es increíble. Yo pasaría de ella.
- Ya, pero es que no puedo olvidarla.
- Porque no quieres.
- Porque no puedo.
- Pero quien quiere olvidar olvida.
- Eso creía yo.
- Y ¿qué vas a hacer?
- No sé…seguiré escribiendo…

