Escribir aquí es como esta fotografía: un hombre joven con un mono de trabajo con tirantes en el centro de una habitación muy pequeña de cuatro paredes altas con techo que se coge la cabeza con las dos manos en las orejas y los codos abiertos y que habla solo. Por fuera de la habitación todo se ha ido evaporando progresivamente: primero el cosmos, luego la Tierra, el continente, el país, la comunidad, la ciudad, el pueblo, el barrio, la manzana, el jardín y la casa -hasta la habitación-. Pero también por dentro de él todo se ha ido evaporando progresivamente: los automatismos corporales (flujos, respiración y pálpito), los reflejos, las actitudes mecánicas y repetitivas, las obsesiones naturales, el deseo, la esperanza, el cariño, el amor, la ilusión, la duda, el silencio, la neurona y el chispazo eléctrico. Y en ese gran vacío mundial y silencioso de lo externo y lo interno, la última duda antes de la muerte.