Es posible que se deba a la locura, a la misma del que se encierra entre cuatro paredes, sin contacto, con poca luz. Allí estaba yo, escuchándolos, pero como el que escucha la lluvia caer. Frente a mí había un gran ventanal abierto, con dos partes. En el cristal de la izquierda había reflejado otro ventanal que daba paso a unas cortinas amarillas y, entre ellas, a un tendedero. En algún momento de la conversación, salió a tender una chica morena, muy atractiva, sureña. Me quedé mirándola con el descaro con el que nunca suelo mirar. Ella, apoyada por la ambigüedad de los reflejos en el cristal, aguantó más de lo normal mirándome, mientras recogía la ropa del tendedero. Se fue. Tardé poco en cortar la conversación de mis amigos, diciéndoles: ¡Acabáis de perderos a una mujer súper atractiva! Miraron y no encontraron nada lógico. ¡No!, les dije, estaba reflejada en ese cristal. Continuamos la conversación, y volví a mirar decenas de veces hacia el cristal, pero las cortinas amarillas no volvían a abrirse. Antes de marchar, fui a buscar la realidad que se reflejaba, pero ante el cristal no había ni cortinas amarillas ni tendedero. Ni desde dentro del bar, ni desde bajo, ya en la calle.
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