El Chispazo
Me encuentro haciendo peleas con hombres extraños; también es cierto que la enfermedad me embalsama los ojos de miedo, de odio, de resentimiento. No puedo evitarlo y ser preso es lo que temo, lo que me hace daño. No podré cambiar nada porque todo parece demasiado cierto. Y yo no quiero pelear, no puedo pelear porque no existe nada bueno detrás de la pelea, por mucho que me quieran después. Junto con algunas voces de mar siento cómo se aleja la felicidad, una felicidad que vivía antes conmigo, cuando todavía las voces significaban algo o cuando empezaban a significar. Ahora me encuentro peleando con hombres raros y añorando voces que se vuelven fantasmales. Ya no sé ni expresarlo, ya no tengo fuerzas para ello: me han vencido los muros pesadumbrosos místicos, pero también la química y la mentira de su verdad. No llegan las cartas porque nunca aprendimos la dirección donde enviarlas, pero uno sigue pensando en esas tristes palabras sabias: “Huelo a viejo, a piel descamada, a muerto, a vino y humo, a desgracia, a soledad. Y por lo poco que dura mi felicidad no voy a querer compartirla; seré egoísta y agradecido con el otro: no puedo permitirme dañar a más de uno, y el uno seré yo”. Le entiendo y compadezco. Algunas heridas ya son compartidas. Mi alma vagó algunas noches por un hotel, evidentemente sin descansar y sin ganar nada, dolida, esperanzada de no encontrar nada, tan contraria a lo que siempre había querido ser. No merece la pena el chispazo…