El Ser Externo

Creer en algo que no existe es siempre mucho mejor. Cuando lo que no existe falla queda la culpa hacia uno mismo. El objeto externo puede que nunca tenga la culpa, pero podemos echársela las veces que queramos porque jamás nos la devolverá, y eso es una ventaja para ambos. Es una buena técnica de supervivencia sacar fuera todo nuestro odio y qué mejor que sacarlo contra nada. Es parecido a la realidad económica: no existen tantos millones físicos como millones tiene la gente: si  sumáramos todo lo que todos tenemos y quisiéramos sacarlo de golpe, no podríamos porque no existe: el dinero total es una realidad virtual, mientras que la realidad es que no hay tanto dinero físico como dinero total existe. Virtualmente utilizamos un ser exterior o un objeto para volcar todas nuestras dudas, nuestros miedos, nuestra mierda, nuestro odio, y gracias a él mejoramos, y no pensamos que somos nosotros mismos los que estamos mejorando. Se trata de un feedback, un bucle de ida y vuelta alrededor de cada uno. La locura continúa mucho más en el momento en el que damos vida y poderes a ese objeto exterior inexistente: creemos escucharlo, verlo, sentirlo y además él puede dar vida, alberga un sinfín de valores, esperanzas y sueños. El objeto o ser exterior es capaz de hacernos cambiar, de mejorarnos, de hacernos ver las cosas de otra manera. Pero prefiero no engañarme y me digo que gracias a mí mejoro y también que por mi culpa me hundo. Es por eso que el hombre es un lobo para el hombre, es por eso que durante algunos minutos puedo creer que puedo…

Dos Minutos

Señor director:

Es el momento en el que debo pedir perdón. Es posible que usted no sepa exactamente quién soy, pero tampoco importa quién soy exactamente. Tal vez lo deduzca de mis palabras, o quizás utilice mis mecanismos evasivos, que bien habrá conocido, para que todo parezca lo contrario. Primero pediré perdón por no saber escribir, por no tener una historia. Me creí capaz cuando no lo era. Pero aún así tomé esa decisión: la ilusión a veces me supera. No soy capaz ni de llegar a los dos folios: en la cuarta palabra ya me he devorado. Pero encontré el mundo tan absurdo que no pude más que relatarlo: me pensé cronista de mi tiempo, y qué mejor que serlo. Las palabras son simples, pero qué mejor que la simpleza para que pueda entenderlo cualquiera. A mí me importa todo el mundo y no tan sólo el que sabe leer. Yo no leo desde hace muchos años, tan sólo apuntes de medicina. Perdón también por no creer en las cosas grandes: la relatividad de las personas se volvió la mía, y, por más que quiero vivir aislado, lo de los demás es lo mío propio. La tristeza es porque faltan risas muchas veces; porque muchas veces las que escucho no sirven: reír sin sentirlo es como llorar. Amar sin sentirlo es copiar el papel de un actor que ama sin sentir… ¿Puedo criticar? Sólo soy yo durante dos minutos, y es corto, pero ¿faltan personas que me ayuden a ser yo más tiempo? ¿No podrían ser dos minutos fantásticos? La duda es de los mejores posos tras un escrito, por eso en el fondo tomé esa decisión: no importan ya los sentidos, nadie les hace caso, soy el único, empiezo a estar convencido. Y, a veces, el hombre es hombre y no lobo, y decide lo que quiere ser y puede estar de acuerdo consigo mismo, aunque tan sólo sean dos minutos…