Me aferro a tu mirada porque no tengo hoy nada más de ti. Ayer un movimiento y antesdeayer una palabra a lo lejos.

Yo siempre miro a los ojos y me gustas porque me miras a los ojos; siempre me has mirado a los ojos. Hoy cambia la oblicuidad. Ya no es un rayo orgulloso directo, sino que toca mis pestañas inferiores. Ya existe vergüenza en tu mirada, que es lo que existe en mi corazón desde hace semanas. Hay una manta sobre el rayo, una manta cálida y de pelo suave, con aroma de suavizante de vainilla. Hay pregunta en tu mirada, y cuello y abrazo con roce sutil. Hay el mejor de los momentos del amor, sin aburrimiento, sin pesos, sin excesiva confianza, con respeto. Una luz láser blanca dentro de un tubo de metal, una súplica, una palabra, todo eso hay en tu mirada, hoy.

Este es un país frágil, y seguro que no el que más. Un país en el que siete, ocho, diez años de trabajo pueden desaparecer con un robo simple. Un país que diferencia el concepto robo del concepto hurto, pero que no sabe diferenciar verdad o mentira. Un país que paga al mentiroso y deja desnudo al sincero. Un país de ladrones: el ladrón vive al lado de tu puerta, y el asesino, y el loco, pero también el poeta. Un país del paga tú primero que nadie te devolverá después, un país de injusticia. Y a mí, que me pidieron que no mintiera nunca, ahora me piden que mienta: así nadie se pondrá de acuerdo. Fíjate cómo la sinceridad me hace vaciarme los bolsillos, quedarme pobre, y perder… y aún así no ganaría dinero con la mentira ni me sentiría más listo si lo ganara, y por supuesto que no robaría en mi vida. Eso sí: lo único que le queda a este gilipollas es volver a empezar de dos, porque de cero ya empecé hace tiempo, comerme la impotencia, acuchillar a las sombras y arrepentirme después por cortar el aire y sanar sus heridas con mi saliva, y pensar en los valores agujereados, en los valores ausentes de los abuelos, de los padres, y del chico que, aprovechando uno de mis mínimos descuidos, entró en la intimidad de mi casa a robarme los escritos…

Una vez fuera de mí puedo llegar a pensar en lo que hago día a día, y verlo como absurdo, como excesivamente rutinario, incluso dañino (que lo es). También sucede que me vuelvo intolerante, o quizás lo sea todos los días sin haberme dado cuenta. Sucede eso: que puedo llegar a pensar, desde fuera, en cómo soy. Es una buena terapia, aunque dañina (que lo es). Me doy cuenta que las conversaciones sin fondo levantan de las sillas a las personas demasiado pronto. Ilusamente pienso que la más guapa del grupo ralentiza sus movimientos y queda la última, incluso sola, para esperar a que levante la mirada, porque supuestamente también, antes, me he reído de su conversación tan mágicamente, y sin ella saberlo le ha gustado la crítica porque también ella pensaba que la conversación era aburrida. Yo hay veces que hablo más conmigo mismo que con la gente, por no decir que siempre: y es que a la gente, creo, que no le gusta hablar.

Hoy no quería despertar y he mantenido los ojos cerrados durante tres horas seguidas… Estaba contigo y no recuerdo cómo te había conocido; quizás te conocía poco, y pese a todo no me importaba. Mantener la sorpresa despierta cuando la respuesta es perfecta, es la mejor de las sorpresas. Por qué espesa la saliva es algo que todavía no sabemos, pero es algo que podré llegar a saber. Y el suelo estaría frío, tanto como el despertar a la mentira, pero en la verdad no había por qué pensar en él. Y notaba la simple sábana sobre nosotros, tan frontera con el mundo de fuera: y así lo sentimos cuando escuchamos la voces jóvenes ahí en el exterior: me cogiste el sexo sin miedo, sin pensar en nada más que en continuar. Me pregunto hoy cómo se puede pasar una noche completa en silencio, sin mediar palabra, pero en completa comunicación silenciosa. Me pregunto qué será de ti ahora que la luz nos separa…

Hoy es tu primer día en el circo. Desde la grada puedo verte la cara. Sudorosa, preocupada. Si pienso en mañana y en las risas de mañana no sirven para quitarme el sufrimiento de hoy, de hoy que te veo llegar encarcelada por el cuello, por los pies, por las manos. Miras alrededor, buscando algo pero en el fondo de tu mirada buscando nada. Pero allá te sorprendo buscando esto que tengo dentro, que podría tener dentro. Y si salto al ruedo tendré que dar mi vida, y no sé si es hoy cuando debo morir. Y te lo veo en los ojos: si no has saltado, no estás a mi lado.