Porque es inevitable la Tristeza cuando hay derrota. Cuando la derrota es un pródromo es también un final, un desenlace. Está cerrado el bucle de la derrota: soy una rata drogada y perdida en un laberinto y en su laberinto. Hay palabras tachadas y sentimientos rasgados, un camino desdibujado, una espalda contra el muro, una pared cayendo, un cuerpo exhausto, una nihil mente. Palabras a trozos, picos escarpados no coronados, sueños rotos y sueños ausentes. Culpabilidad, ya culpabilidad infinita, sin ganas de pagar, sin fuerzas para pagar: soy pobre en el bolsillo y en el espíritu. El torbellino cardíaco y mental me escupe de la soledad de la silla, madera occidental, sudor maloliente, brillo pasajero, ¿real?, huídas y enfermedades. Eso sí, sigo sin tener miedo de escribirme. Podría escribirme torsiones de puntas o fibrilaciones ventriculares que acabaría encontrando sentido, calor y apoyo en rayas literarias sin sentido.

Es el momento de la vida en el que no hay nada importante: da igual si morir o si seguir hacia delante; y todos hemos pasado antes o después por este sendero. También, quizás, el mismo sendero forme parte de otros lugares diferentes, o bien, en lugar de llamarlo sendero, lo podríamos llamar de otra forma: etapa, edad, fase, momento. O quizás sea yo de los pocos que todavía tiene tiempo sin cubrir para dedicarlo a pensar, o tal vez sean estos los últimos momentos de tiempo que voy a tener. No existen las autopistas de pensamientos en mi memoria, más bien extensas selvas por donde me pierdo. Que tal vez sea bueno empezar ya a civilizar, que ya hemos comprobado demasiado tiempo las posibilidades de la naturaleza virgen. Da miedo.

No tengo ni que buscar. Y si busco, puedo encontrar razones filosóficas y hasta con lógica aplastante: la melancolía induce estados de relajación. Cuando se sabe hacer estallar la droga interna que destapa la melancolía, uno la puede utilizar a gusto para relajarse. Como todo, hay que saber las medidas justas. Pero para saber la respuesta no tengo ni que buscar. Pero si busco un poco puedo recordar a muchos escritores bebiendo y fumando, tristes, de verdad o de mentira, porque triste se escriben las cosas más profundas, porque la tristeza puede ser la forma más real de la normalidad, porque afina los sentidos y porque todo parece tener mejor sentido. La melancolía da paz, aleja los ruidos, acerca el silencio y promueve el pensamiento. Pero para saber por qué elijo, a veces, la melancolía no tengo ni que pensar. Porque es triste llegar a casa y no escuchar la voz perfecta, pero la voz perfecta creo que no existe. Es triste salir a la calle y darse cuenta que sólo existe un lugar a donde ir, donde uno se siente a gusto, y que hay que pagar para poder entrar. Pero pagaría lo que hiciera falta, porque es uno de mis pocos lugares, si no el único. Se transforma en melancolía la tristeza de levantarse y saber que uno todavía depende de los demás para seguir existiendo, porque para mí la mayor realización es ser independiente. Es melancolía no poder devolver todo lo que a uno le han dado, queriendo o con intereses, pero a fin de cuenta entregado y recibido. Es triste repetir una y otra vez un examen por ser ignorante, y otra vez, quizás por no reconocer lo que uno es y quiere. No sé por qué pero acabo aprendiéndome las canciones más tristes: mi repertorio está cargado de ellas; las canciones para pasar el rato no llegan a ningún sitio de mi persona, y es así porque no merecen la pena, y es así porque en el fondo no sé si son canciones o electrónica. Si por lo que sea llega a mis oídos lo que en el mundo pasa, tampoco es que sea para llenarme de placer y gozo: la melancolía es generalizada. Lo que a otros hace feliz no tiene nada que ver conmigo, y quien está feliz no sabe compartirlo conmigo porque no sabe meterse dentro de mí, ni me puede ayudar: nadie tiene tiempo o nadie tiene inteligencia, y cuando alguien los tiene no saben verbalizarla o la verbalizan tan confusa y egregiamente que es imposible entenderlos. Y puedo asegurar que en las últimas diez líneas tampoco he tenido que pensar mucho.

Por qué algunos de mis trabajos son melancólicos es fácil de saber, y es porque en algunos de los momentos de mi vida soy melancólico, y las cosas para mí no son siempre positivas y no siempre me vienen así. Quien quiera verlo de otro modo creo que se está mintiendo. Yo solo presto atención y no me miento, y cuando hay que disfrutar disfruto y cuando hay que llorar lloro. Pero no puedo ponerme a dar saltos todos los días: porque todos los días no existe algo tan grande como para ponerse a dar saltos. Y quien así lo sienta: felicidades, no sueltes nunca tu verdad, que hoy es mi mentira.

Planetas

Planetas

“Cuando uno piensa en las grandes dimensiones de las cosas, físicas como metafísicas, se da cuenta que las palabras no son más que simple polvo”

El mismo tiempo que borró algunos escritos es el portador de los casi cuatrocientos que pesa esta página. Muchas imágenes son barridas de la memoria y puede ser que queden antiguas marcas en su pared cubiertas por las nuevas. Hoy hay una nueva conciencia que dice que pocas cosas han merecido la pena, y que muchas son nudillos que sangran o pólipos en las cuerdas vocales; pero tal vez la piedra esté más lisa y la voz menos ruda. ¿Para algo? Para hacer del tiempo algo más llevadero, algo más poético que una simple conversación del tiempo. Cuatro años sirven para seguir diciendo que hasta hablar del tiempo puede cambiar la vida. Si por el sexo continúa la especie, por el sueño y la palabra sigue en pie Pensatiempos. Gracias por el tiempo, por cada segundo, y por desempolvar este rincón oscuro.