Mamá ha permitido que su arbolito siga creciendo y de pie en el mundo. El arbolito quiere darle las gracias por la suerte de seguir viviendo.
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Mi piel metálica, brillante y fría choca contra las paredes del laberinto. No puedo ver más allá de las paredes; no veo las grandes manos que mueven el tablero. Pero ya he sorteado los primeros agujeros, los primeros miedos. Ahora se erigen delante de mí grandes estatuas que me impiden el paso. Esquivo una, esquivo otra. Ya me encuentro cerca del fin, pero queda un agujero…