Premiaremos al poeta por ser quien más palabras ha mareado. Premiaremos al médico por ser quien más enfermedad ha producido. Premiaremos al obrero por ser quien más casas ha destruido. Premiaremos al informático por ser quien más ordenadores ha desestructurado. Premiaremos al administrativo por ser quien más papel rompe y quien más tinta gasta. Premiaremos a la imprenta por ser quien más árboles tala. Y al hostelero por ser el mejor productor de infecciones de estómago, al economista por gastar el dinero de todos y poco o nada el suyo, y al abogado por defender lo que no piensa y por firmar la separación, y al cura por creerse su propia mentira y por revelarla todos los días con los brazos abiertos. Al locutor por proseguir el rumor, al joyero por vender lo que rara vez compraría, al rey por no romper el protocolo que ha odiado toda su vida. Premiaremos al ser humano por seguir viviendo siempre que dice que preferiría estar muerto. Y al fotógrafo que retoca y cambia por completo una imagen, y al maquillaje que retoca lo incorregible, y al poeta, de nuevo, que marea las palabras y saca sentidos de los sinsentidos.

Me pregunto si no tener nada que hacer es demasiado malo. Pienso en esas libretas llenas de palabras, de dibujos, de rayajos. A veces la intimidad está estallada, y a veces al paciente no le importa. Hay una vida entorno al que espera. El paciente de verdad es un constructor de una burbuja invisible a su alrededor; otras veces se construyen mundos imaginarios con el color que a veces salen hasta la realidad desde el papel de la libreta. Al ajeno le invade el silencio por completo y al conocido le envuelven los trabajos y los asuntos sociales. Para el extranjero cada sonido es un mundo y cada uno tiene vida propia. El punto de mira siempre estará cerca de objetivo, por más que éste se mueva. Salir del perímetro de peligro es cuestión de sólo los más rápidos y voraces.

Es mi discurso de borracho o de esquizofrénico, y pronto será tarde para cambiarlo. Soy una marioneta de mis pulsiones y jamás tendré lo que quiero porque lo que quiero nunca me querrá a mí, porque es eso lo que piensan los tarados, porque es lo que yo pienso. No hay orgullo, porque el orgullo nunca se vence, y yo estoy vencido. No tengo fuerzas ni para mirar a P. a la cara, porque me siento derrotado y no quiero que ella vea la derrota en mí.
           
Me han enseñado a resistir y a aguantar, pero en estos valores no hay sentido; lo siento, pero no hay sinceridad. Así mi futuro se va al traste, pero no fui yo quien impuso los valores. Así que de nuevo: revaloración. La última me costó dos años, y qué daño sigo teniendo, y espero que dure menos (seguro que sí).

           
Esta noche P. me ha descubierto besando a la almohada. Tenía esa necesidad infantil de abrazarla y pasar las horas en silencio, sin decir nada, porque muchas veces no hay nada que decir. Al entrar en el cuarto me ha mirado allí, tan cogido, y se ha reído de mí. Pienso que P. está preparada para la vida y que yo sigo perdido en un mundo desconocido.