Antes de saberlo ya lo había dicho: estoy deprimido. Me da miedo la luz, y la apago. Me da miedo la gente, y me callo. Me preguntaste que quién era yo, pero me preguntaste qué quién era yo para creerme mejor que tú. No soy nadie y por eso me quedo como los nadies: solo. Pero tengo orgullo. El orgullo es lo que me salva a mí a costa de ti. A ti te hago pequeña para verme a mí grande, pero no significa que tú seas pequeña. Estoy deprimido y no es un buen momento para definir o denotar objetivamente. ¡Qué triste que los supuestamente vacíos tengan razón! ¡Qué difícil admitir que los que piensan diferente a mí puedan tener la razón! Tengo dolor en el estómago y no lo puedo quitar; no puedo salir de la habitación: tengo miedo. Tengo miedo para despertar y bajar a la calle: fuera me volverán a decir lo inútil que soy, lo ignorante que soy. ¡Que incluso siento que los que parecen ignorantes son más inteligentes que yo! Sí, tenías razón: lloro demasiado y no sé reír. Nunca es suficiente y jamás es bueno porque siempre puede ser mejor. Las exigencias me han hecho así, ser inhumano. Y no hay placer sino prisa, ni victorias sino obligaciones, ni ilusiones sino futuro. ¡Qué ya dejé de ser niño pero me decaigo entre los adultos! …

            Me lo creí durante algún tiempo; hay quien piensa, como yo, que dos años o tres son mucho tiempo. Me lo creo porque soy un niño, un crédulo. Pero este niño siempre se queda o lo dejan solo. Es más fácil hablarme en tercera persona, me identifica menos, me duele menos. Hoy soy un tremendo analizador de situaciones, un inteligente que nunca tendrá suficiente. Hoy me pongo a Jeff Buckley para conocerlo; las primeras notas ya me hacían reflexionar. Quizás sea verdad que cada escrito era un descenso de la glucemia, pocos no. Pero el amor hace que el dolor más grande no exista. Y yo amo cada pensamiento que tengo, y los escribo y amo lo que escribo. Durante mucho tiempo creí que era verdad lo que estaba viendo, creí que podía ser profundo. Me mentía o me miento: quizás las dos cosas. Lo que busco ya no existe. Tengo que buscar algo nuevo.           
Sin embargo, Iván Ferreiro requiere toda mi atención: por él, por el castellano, por mí. Es cuando dejo de teclear para perder mi vista por la pared, por ningún sitio. Intento volver al escrito pero no puedo. Me miro las manos y escribo mi respiración. Tengo que buscar algo nuevo para jugar con mi niño, que no es bueno que los niños sean mayores demasiado pronto y que no jueguen, porque de mayores no hacen más que reprochar que han perdido su infancia. Hay veces que no se puede elegir: y es triste. Supongo que deberían existir menos muros o una educación más consciente del inconsciente, pero no lo sé. Lo sabré. Pero aparecerán otros problemas dado que la educación es como enterrar la basura y chafar el bulto que saldrá unos pasos más allá: nunca será perfecta.