La repulsión de la gente, su miedo, lo valioso de su tiempo -sólo para ellos, nunca compartido-, nos juntó a todo el grupo en esta geografía compartida; que si sobrevoláramos más allá de los muros que la encierran -hubo muros y los seguirá habiendo- veríamos a cientos o miles de personas que bien cabrían como miembros de nuestro grupo. Fuimos mocosos impertinentes, infantes que hablaban como adultos, sufridores y malentendidos, filósofos sin título, soñadores, sufridores (dos veces). Y lo que fuimos y somos se ha alimentado con la separación del resto (¿normal?, ¿dolorosa?), con sus silencios vacíos ante nuestra presencia, los desplantes, las caras serias. Tuvimos que cambiar de hogar decenas de veces, padecer la punzada de miradas envidiosas, seguir caminando mirando al suelo, retrasarnos algunos años. Escuchamos música que no existe o que hay que buscar demasiado. Visionamos películas que nadie ve o que nadie entiende. Perdemos el tiempo y suspiramos, absortos en nimiedades. Y perdemos, para el resto perdemos, y por eso tantas veces perdemos para nosotros mismos. Pero un día nos encontramos con algún miembro del grupo, o concertamos momentos para juntarnos todos, porque cada uno se ha reconocido como uno y único y entiende la individualidad del otro, nos juntamos para darnos cuenta que la vida es algo más que una soledad llena, que es una soledad compartida. Nos juntamos para enfrentar los problemas, pocas veces tan solo nuestros y casi siempre de fuera, pero tan asimilados hasta ser nuestros. Hablamos de heridas y curaciones, de enfermedades vividas y de remedios, de plantas y drogas para agudizar las visiones, de encontronazos, de caídas, de futuros sueños. Y nos adentramos en el mundo, en la calle, tras la despedida, con orgullo maltrecho y cabizbajos, pero con orgullo, para enfrentarnos a él y al día a día denso del cual soñamos con ser anticoagulante.

Querido José Luis:

La abrupta velocidad de mi respuesta se debe a la ansiedad que denoté en tus preguntas. Como ves he utilizado Internet para contestarte y no mi puño y letra: esta segunda vez creí también importante ayudarte en nuestra andadura cuanto antes. Créeme que no me resulta fácil responderte a las preguntas, pero puedo aportarte nuevas guías. Los problemas no son problemas, ya lo sabes. Si tienes que esperar: espera lo mínimo, no dejes crecer la hierba en el camino que compartes con el otro. Y si has de dejar que crezca la hierba porque te vence el orgullo, sé consecuente con tu parecer y con lo que te va a deparar el futuro: siempre será peor un futuro tú solo que un futuro compartido con amor. Sabes que no hay ni vencedor ni vencido, sino el alzamiento de un nuevo muro que estará allí hasta que ambas partes lo rompan. Por cierto, ¿has vuelto a hablar con tu madre? No te asustes de lo que encierras. Primero hay que dejar que la lava se vierta. Analízala en cuanto a su forma, a sus expresiones, mide su temperatura, comprueba sus estados, habla con ella. Puedes generar nuevas formas con las piedras, como ya sabes. Esta vez decide tú la forma: debes empezar a volar, a crear. Nadie debería enfadarse contigo por enseñar lo que nadie enseña, y traduce enfado como sorpresa. ¿Cómo sientes que siempre pierdes si no atiendes lo grande que tienes? Al menos hoy te has preocupado por tu futuro, cosa que aún nadie ha hecho contigo, quitando de tus padres, tu hermana y yo mismo.  Gracias por tu inquietud, creo que vivo para ti y por ella. Hasta pronto

Como figura de identificación

Como referencia de subversión

Como ideal de revolución.

Una transferencia de mí

Para ser lo que no puedo ser;

Pero él transfiere su persona

A las letras

Y no es lo que quiere ser.

Así es que soy como las palabras:

Un espíritu libre y errante,

Sin suelo, de nadie,

Sin definición, sin márgenes,

Una dispersión.

Un alma dentro de otra

Dentro de un cuerpo

Con la boca abierta

Por la que salen,

Sin prisión, sin centro,

Perdidas, sin punto fijo,

Sin rumbo cierto.

Acabé de comer corriendo, no como ahora que lo hago más lentamente. Fui a jugar como los otros días. Se juntaron todos en el centro, pues uno a uno eran poco, pero juntos podían más: ¡José Luis, no juegas! No me llena de orgullo rechazar a nadie, ni insultar a una madre, y muchas veces ni criticar. Pero aún hoy sigo sin jugar a este juego. Quien me quiso, encontró la manera de jugar conmigo a solas. Sabían que yo era bueno, individual pero bueno. Y ser individual no me tendría que sentar mal, pero a veces me puede el rechazo. Pero creo que no debo jugar a este juego que tal vez sea una mentira. Siempre fuera, estoy siempre fuera. Y pierdo. Ya no sé si se trata de orgullo o fidelidad hacia mí mismo, que hay quien pensará que son lo mismo, aunque no lo sean. Pero las fórmulas externas me han servido poco o no han sido tan profundas como las internas. O tal vez he escuchado poco, que no lo creo. Que me queda demasiado por escuchar, eso sí. Cuando he visto cien imágenes rápidas la primera que vi ya forma parte de olvido. Que prefiero ver veinte y recordarlas que no recordar ninguna. Que mañana quisiera llevar conmigo un pasado claro y, a poder ser, bien hilvanado. Que no quisiera elegir y despreciar sino valorarlo Todo en mi justa medida. ¡José Luis, no juegas! ¡Pero si no sé si he jugado alguna vez! Caras de duda, siguen jugando. Lo que encuentro en sus caras es un profundo respeto, una gran incertidumbre, una falsa seguridad de conocimiento, un gran silencio, una vista brillante y perdida, un niño. Que tal vez debiera hablar de mis sentimientos con un chino, en el chino que no practico, para entender algo…

Lo que me doy cuenta es que no hago nada solo. Que el problema no es mío, sino de los dos. Que hasta que no vuelva a hablar contigo el problema estará presente o aquí en mi corazón encerrado. Que si no hablamos es por un orgullo que no sirve para nada. Que nuestros pareceres serán siempre distintos: tú eres la autoridad y yo soy y seré la revolución. Que si hay conflicto mi única herramienta de defensa y ataque serán mi inteligencia y mi pensamiento. Que nunca hay vencedores sino vencidos que han creído ganar el conflicto, y que eso cuentan a los suyos cuando regresan a casa. Pero lo mejor es llegar a saber que yo, como vencido, sepa que tú has ganado, y que tú, como vencida, sepas que yo he ganado.
Y es momento de sinceridad porque con la muerte acabarán las ocasiones para ser sinceros. Desde el cielo no llegan ecos: las voces que escucho vienen de mis propios pensamientos. Y cuando mueras vivirás en mi memoria, y cuando muera yo estarás en la memoria de mis hijos como tus padres viven en mi memoria. Y no hay más persona que tú que quepa en mi escrito. Que nunca pediste atenciones y las necesitabas como cualquiera. Que preferiste seguir en pie, fuerte y sola, dura como una roca pero soluble como una roca de sal. Hoy toco mi fondo para ti y quiero que me reconozcas y quiero reconocerte. Sólo escuchar los errores lo prefiere quien no quiere ser amado o reconocido. Amamos a las personas por sus cosas buenas sobre todo, y las malas las aceptamos y existen, y las cargamos, y todas deberíamos enfrentarlas y cambiarlas. Yo te quiero por lo que eres en tu origen y lo que tú eres en casi su total amplitud soy yo.