…la envidia de un anciano lloroso, meditabundo. La envidia por querer ser igual que ella, por querer entrar en todas esas almas, hasta adentro, sin dejar ninguna huella gris, sino huellas nacaradas y casi invisibles. Siempre “pasos” con remansos de paz. Pero también los mismos pasos que son ignorados, aunque no ignorantes. Y ella lo sabe: sabe que puede ser grande al mismo tiempo que nadie. ¡Qué importante! Pero quizás sea la meditación del anciano, aún envidioso y lleno de errores y faltas, la que permita ver así a la figura de piedra, a ella, a una estatua de poesía. No es consciente la ignorancia, aunque es hermosa; pero es hermosa para quien es consciente de su existencia y no lo es para quien, poseyéndola, no es consciente de su posesión. El anciano piensa que, durante toda su larga vida, ha caminado sobre el filo cortante de una navaja y que, en algún punto, ha caído hacia alguno de los dos lados y que tal vez los lados puedan ser mejores que el mismo centro del filo. Es la elección lo que nos hace diferentes.
El viejo se convenció que alguna vez fue importante para alguien, pero no tanto como lo sentía: amaba demasiado o quizás no lo había dicho nunca; todos tenían demasiada importancia y nunca sería él sentido como sentía a las otras personas. Pero así se dio cuenta que el amor ignorante es la mejor manera para amar, que el amor ignorante es el único medio para amar de verdad; pero era demasiado tarde: las meditaciones eran incesantes y los pensamientos inconscientes estaban ya agotándose.
Se miraba a sí mismo, solitario, tranquilo, arropado. Se miraba desdoblándose como tantas otras veces, desde fuera. Se veía tumbado, solitario, tranquilo. Y, a través de sus ojos, de introducía en su interior hasta su rincón oscuro, el que nadie en su vida había conocido, el rincón en el que, quizás, ni tan siquiera él mismo había entrado. Ese rincón, baúl de recuerdos, pozo de mentiras, pozo ciego de deseos, cañerías repletas de perdones sin entregar, peleas inacabadas, palabras, muchas palabras que no vieron la luz. Cuando abrió los ojos tras cruzar las puertas de su rincón oscuro, se puso a llorar. Que tal vez no haya más remedio que dejarlo encerrado y tapar las rendijas para que no ascienda el hedor de las inmundicias. Lloraba, lloraba…
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