Monthly Archives: Diciembre 2007

Feliz Año Desde Pensatiempos

23 Diciembre 2007

Hace unos días leí en el periódico que habían más depresiones durante los días de fiesta, como ahora en navidad. Supongo que las personas tenemos más tiempo para pensar en nosotros ahora, que no durante la rutina o el día a día de trabajo. Hay más depresiones, quizás, pero hay más tiempo de reflexión positiva. Pienso mucho en mi conducta y en mi manera de ser prácticamente todos los días de año, pero es ahora que estoy rodeado de mi familia, en casa, con tiempo, cuando mejor veo las cosas. Ha pasado un año desde la última vez que viví esta situación de reuniones, cenas, regalos, conversaciones, fotos, tantas y tantas cosas. En un año las cosas han cambiado, he crecido. ¿Sigues escribiendo? Sigo escribiendo, eso lo llevo conmigo, pero menos. Quizás ahora pienso menos y mejor, pero más en la gente y menos en mí. Salgo de mi burbuja para entrar en otras, y es mejor: comparto la misma burbuja con la gente y con mi familia. También tengo tiempo para seguir ahondando en la medicina, mi futuro o uno de ellos; incluso me sorprendo hablando con amor de mis estudios, y quiero darme cuenta. Sigo pareciendo y siendo firme en mis convencimientos, y la gente sigue sorprendiéndose de ello, incluso me reprimen con amor y con envidia. Vuelvo a ser niño (más niño) gracias a un niño: difícilmente podría haber sido de otra manera. Y me gusta. Me doy cuenta de lo joven que soy y de lo que me queda por aprender, y me gusta. Y me doy cuenta que he crecido porque es lo que me devuelve cada mirada o muchas de ellas. Estoy en casa, con mi familia y tengo en mí una parte de ella y una parte que es personal, que vuela. Ha pasado un año más y tengo que agradecer que sigo aquí, despierto; que ni la enfermedad, ni el azar, ni la mala suerte, ni la locura, ni los lobos internos, ni nada ha impedido que siga aquí un año más. ¡Feliz Navidad! ¡Feliz año que comienza!

El Rincón Oscuro

10 Diciembre 2007

…la envidia de un anciano lloroso, meditabundo. La envidia por querer ser igual que ella, por querer entrar en todas esas almas, hasta adentro, sin dejar ninguna huella gris, sino huellas nacaradas y casi invisibles. Siempre “pasos” con remansos de paz. Pero también los mismos pasos que son ignorados, aunque no ignorantes. Y ella lo sabe: sabe que puede ser grande al mismo tiempo que nadie. ¡Qué importante! Pero quizás sea la meditación del anciano, aún envidioso y lleno de errores y faltas, la que permita ver así a la figura de piedra, a ella, a una estatua de poesía. No es consciente la ignorancia, aunque es hermosa; pero es hermosa para quien es consciente de su existencia y no lo es para quien, poseyéndola, no es consciente de su posesión. El anciano piensa que, durante toda su larga vida, ha caminado sobre el filo cortante de una navaja y que, en algún punto, ha caído hacia alguno de los dos lados y que tal vez los lados puedan ser mejores que el mismo centro del filo. Es la elección lo que nos hace diferentes.
El viejo se convenció que alguna vez fue importante para alguien, pero no tanto como lo sentía: amaba demasiado o quizás no lo había dicho nunca; todos tenían demasiada importancia y nunca sería él sentido como sentía a las otras personas. Pero así se dio cuenta que el amor ignorante es la mejor manera para amar, que el amor ignorante es el único medio para amar de verdad; pero era demasiado tarde: las meditaciones eran incesantes y los pensamientos inconscientes estaban ya agotándose.
Se miraba a sí mismo, solitario, tranquilo, arropado. Se miraba desdoblándose como tantas otras veces, desde fuera. Se veía tumbado, solitario, tranquilo. Y, a través de sus ojos, de introducía en su interior hasta su rincón oscuro, el que nadie en su vida había conocido, el rincón en el que, quizás, ni tan siquiera él mismo había entrado. Ese rincón, baúl de recuerdos, pozo de mentiras, pozo ciego de deseos, cañerías repletas de perdones sin entregar, peleas inacabadas, palabras, muchas palabras que no vieron la luz. Cuando abrió los ojos tras cruzar las puertas de su rincón oscuro, se puso a llorar. Que tal vez no haya más remedio que dejarlo encerrado y tapar las rendijas para que no ascienda el hedor de las inmundicias. Lloraba, lloraba…