Me sorprendo buscando una mirada cómplice. El tiempo pasa y pasa, y sigo sentado en el mismo lugar, esperando la descarga, sorprendido por una necesidad que nunca habría afirmado tener. Ahora me levanto y dejo la libreta y el bolígrafo como olvidados. Sigo pensando en la extraña necesidad que me he impuesto, día a día. En eso consiste establecer una virtud o un defecto: en habituarse, en la repetición de las vivencias, unas tras otras. Del mismo modo uno llega a ser poeta, cuando día a día se sienta ante unos papeles en blanco y se esfuerza para sacar de sí; del mismo modo uno se convierte en delincuente, cuando día a día te sientas ante el arma y la tocas y aprietas su gatillo. Ahora me levanto y busco una mirada cómplice. Pienso en que podía haber llegado a ser alguien si mis vivencias repetidas hubieran sido sentarme ante un libro, ante un buen atlas de anatomía o una calculadora. Pero los objetos tienen un brillo u otro, por eso decidí cambiar unos objetos por un arma, eso es lo que creo, pero a fin de cuentas esos objetos me han vencido.
Me levanto y miro alrededor. Evidentemente que nadie me va a devolver su mirada, porque nadie está pensando en lo mismo que yo, porque pensar en eso es cuestión de unos pocos, de muy pocos. Lo siento y me siento asesino, degradado, pero supongo que ya es demasiado tarde y me convenzo de que lo que hago puede ser normal. Me convenzo desviando mi actitud, mi espera, hacia otros sitios. Pido otro café, enciendo la radio, doy un paseo sin importar dónde, escribo, escribo. Pero en el fondo todos se dan cuenta que estoy perdido, que guardo algo malo entre las manos; no se equivocan. He caído en mi propia trampa.
Soy un obseso por mi propia culpa, porque he sido yo quien ha repetido una y otra vez el mismo acto negativo. Podría desmarcar ese aprendizaje, pero es lo difícil de la adicción: deshabituarse. Y día a día voy sumando adicciones y no las resto. Ya son muchas las cargas y pocas las descargas. En el fondo existe una voz que me aprieta la garganta, que me dice que mañana volveré a esta sala fría a buscar mi objeto, mi droga. Mañana seguiré sin avanzar y parado…

He forzado la máquina un poquito para crear este nuevo audiovisual. Tenía ganas de volver a retomar esta actividad y, aprovechando el envío de mi tio Francisco de una nueva cámara -Airis-, he grabado estas imágenes. Expresan lo que se puede ver: la espera de algo que bien no sé que es; El tiempo en vela pensando y pensando en el por qué de mis últimas vivencias. Noches largas sin poder dormir y sin poder saber por qué. Las tres y once…

Es difícil decir algo cuando crees que tienes muchas cosas que decir, porque tienes en la cabeza tantos pensamientos que se apelmazan, se agolpan. Yo llego a tener conversaciones no ocurridas que me hubiera gustado tener, como también tengo abrazos sin entregar y besos. Después, de todo lo que quieres decir, haces un compendio e intentas meterlo todo en un verso, pero un verso nunca dirá todo lo que quieres decir.
Huimos. Huimos con el ruido, con el alcohol y otras drogas, con la tierra que queda por medio entre ese lugar y el nuevo que visitas. Intentamos olvidar lo inolvidable y, al menos, luchamos contra el recuerdo huyendo, bebiendo y consumiendo. Alocados buscamos las nuevas vivencias para que tapen a las viejas y en ese viaje tumultuoso perdemos el control, estallamos las emociones. Antes o después vuelves, pero sin dolor. Me dijo Carmen: queda la tristeza pero no el dolor. Pienso venerar el tiempo que he parado, el tiempo en el que las cosas fueron y van lentas, a mi ritmo, encajando cada cosa en el lugar que toca, para mí, en mi cabeza…Bebo lo que quiero y lo que me pongo en la boca, siento el agua de la fuente fría caer por las comisuras de mis labios y siento el orgullo del placer de sentirme libre en una cárcel de palillos.
Antes de que me conocieras ya te echaba de menos, así de rápido van los pensamientos en esta cabeza, así de lento muevo mi cuerpo: dos mundos paralelos dentro del mismo plano. Esto es un mensaje cifrado, un silencio, casi más bien una retórica sin respuesta. Sólo un llamamiento a los pies en el suelo y a ciento volando en el sueño, a seguir rimando aunque no sean alejandrinos, a seguir pensando, a seguir viviendo, a seguir contando pensatiempos…

Perdona pero ahora te tengo que dejar sola porque estás demasiado encendida, tu calor no me deja respirar y el frío de fuera no es suficiente para calmar tu ambiente. Salgo de dentro de ti, me voy aquí al lado donde puedas verme. Hay días en los que me agotas por completo, en los que todo lo que me haces pensar es negativo, en los que todo carece de sentido y siento esa náusea en el vientre tan potente. No me importa perder algo más de tiempo o perder mucho porque lo que importa es volver a recuperar los momentos buenos, pero sobre todo es encontrar la manera de transformar esos momentos en perfectos. Si te das cuenta no es este el mejor momento para hablar, que lo que digo no es más que una madeja de palabras inconexas, vanas, tonterías. Me voy a sentar en el sofá, me voy a poner música y voy a dejar el tiempo correr, sabiendo en el fondo que estoy perdiendo algo por dejar el tiempo correr, pero no puedo volver a entrar dentro de ti aunque quiera, porque estás demasiado encendida. Sólo que me canso de ti pero que vuelvo pronto…

Me persigue, sin saber lo que es. Hay cosas que sólo pueden ser sentidas; no existen palabras, ni objetos, ni gestos que las definan. Me persigue y me siento como un anciano sin arrugas, como un vencedor sin premio, más bien como un derrotado con movimiento. Me condeno con el pensamiento a la espiral de la derrota, sello las nuevas puertas pero las cemento tapiándolas además, y espero con la ilusión del niño la luz por debajo de la puerta que está tapiada. Podría mentirme y después hacerlo hacia los demás, pero no me pidas mentiras, sólo mantente expectante a que acabe conmigo por si nace otro nuevo. He mezclado los productos de la química de la ciencia, siempre enfrente y nunca dentro para que duelan menos, pero el dolor siempre es directo e indirectas las palabras o los sueños. No lo entiendas ni lo intentes, sólo mantente expectante, porque haciéndolo entrarás en la espiral que ya, sin quererlo, nos persigue; pero siempre se puede empezar olvidando antes que empezar a vivir lo que luego será un recuerdo. No vivas lo que tu instinto no quiere vivir, todo lo contrario. El contrainstinto genera derrotados y presos. Si te enseñaron que para olvidar debe existir la aflicción y el perdón, además que el dolor sin compartir duele más, tenlo en cuenta. El dolor no es silencio, ni soledad, ni tiempo, sino todo lo contrario, pues si no es expresión, fugacidad o algo compartido se convierte en muerte, prisión y derrota. Que tus actos sean sinceros y reales y nunca deseos, pues los deseos siempre cobran sus servicios (bienes pasajeros). La verdad y la realidad no entienden de dobleces y esquinas. Comparte la enfermedad y ayuda a enfrentarla, pero no la hagas tuya, no caigas enfermo. Aunque creo que la montaña rusa tan sólo dura una ficha…