El diablo se vistió de mujer y salió a la calle. Me encontró en un bar, mientras escribía y tomaba café. Como el escrito era más importante que él, lo miré de soslayo sólo un segundo, para descansar la vista. Le dolió mi ignorancia hacia él, pero se aprovechó de mis ignorantes ganas de conocimiento. Se acercó y me envenenó.
Orgulloso por mi resistencia a la alucinación del veneno, acabé cayendo en mi propia trampa. Caí al suelo como mi orgullo, el cual me cuesta recuperar. Después de dos años durmiendo vino Marina, la vieja dueña de la pensión, con una vela encendida. ¡Todavía estás despierto! Yo tampoco puedo dormir. Por cierto, me gusta lo que escribes.
La luz de una vela quemó lo translúcido de la imagen cuando la observas tras los párpados. Menos mal. Abrí más los ojos desde que Marina vino a hablar conmigo al cuarto. Eres joven, me dijo, no desperdicies el tiempo que vives pensando en que serás viejo, porque mientras lo piensas tu tiempo de ser joven está pasando.
Miré a mi alrededor. El cuarto donde dormía estaba lleno de mis pinturas: diablos amenazantes con cara de odio. Desde que me enamoré de él no había hecho más que buscarle otro rostro y otra mirada. Pero los colores no mienten y yo estoy aprendiendo a no mentirme. Así, nacieron algunos escritos nuevos que restaban la atrocidad a los dibujos.
Cuando conseguí un nuevo rostro, al amor rebosaba por todos mis poros. Cuando empecé a sentirme mejor vino el diablo a visitarme. Que se iba, que me dejaba porque era yo el diablo, que quemaban mis palabras.
Que la potencia está en la superación personal, en la victoria más mínima. Y así, con el diablo dentro de mi cambiado de rostro, camino lento desempedrando el camino. Cuando estalla el diablo antiguo por alguna parte de mi cuerpo debo parar y perder el tiempo, para empezar después, con más fuerza, otra vez, a desempedrar el camino…
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