Pensatiempos – J. L. Andreu Berzosa » 2007 » Marzo
Vivimos en la misma casa y somos desconocidos. ¿Desde cuándo lo hemos aprendido? ¿Desde cuándo es así? Aislarse no sólo depende de la decisión personal, sino que la gente también le aísla a uno. Relacionarse con extensión y profundidad parece ser una utopía; recuerdo aquello que me decía Raúl: “llevaban juntos siete años y él no sabía si la quería (seguro que ella tampoco)”. ¿Qué es lo que impide que dos personas se conozcan, se aprecien y se quieran? ¿Tal vez no nos conocemos a nosotros mismos y por eso no sabemos expresar al otro cómo somos? Mi casa, la de Valencia, la de Reus, sea la que sea, es un territorio de guerra, un territorio comanche, en el que mi habitación es la trinchera. Habitación de una o dos plazas; de momento sólo una, cada día pienso menos en compartirla por miedo.? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ?
Nadie se entrega a nadie en cuerpo y alma, rara vez nadie lo ha hecho. Supongo que es el miedo, el sentirte desnudo y desvalido, es instinto de protección. Supongo una pérdida de valores (como tantas otras) porque hay desconfianza antes que entrega. La desconfianza depende de uno mismo y de los que le rodean, como las relaciones y el aislamiento. La división está en el momento en el que, tras aceptarse y vivir a gusto uno con uno mismo, no existe nadie fuera que te haga sentir tan a gusto como te sientes tú contigo mismo. Creo que más o menos me explico.? ? ? ? ? ? ? ? ? ? ?
La habitación es una metáfora de refugio, de aislamiento. En tu habitación eres libre, eres, quizás, más tú. Sexo, sueño, descanso, conversaciones privadas, pensamientos intentando esclarecerse, todo aquello que importa, que llena, una realidad más potente y real se da en la habitación de cada uno. Por eso es una trinchera en el campo de guerra (el mundo, la vida, el exterior). Poco más, de momento…
Quisiera dedicar “Parte De Mí”, mi primer proyecto audiovisual, a Carlos Agustí Escobar (Bunbury, Kraicheck) y a Krizio, dos grandes amigos y maestros de la imagen y del sonido…
La casa está vacía.
Un viejo tocadiscos suena allá al fondo.
Huele a humo de tabaco,
suspendido en el aire,
recién quemado.
Pero también huele a calma,
porque la calma también huele, a veces.
La casa es vieja:
lo narran sus paredes.
Se abre una puerta
tras el llanto de las bisagras.
Detrás: una mesa solitaria.
Cuatro versos en un papel macilento
de un poeta desconocido,
y el papel encima de la mesa.
Las ventanas abiertas:
la frontera del mundo maldito
o el fin de la vida que quiero.
Bajo, sobre los adoquines desgastados,
muerto el hombre.

