Supe que habían pasado unos quince minutos. Tenía el trayecto cronometrado desde la primera vez que fui. Después no necesité mirar el reloj: desde allí hasta casa habían unos quince minutos. Dedico mi tiempo a pensar, a hablar conmigo en lugar de hablar con las cosas que me rodean. No miro ni a los coches, rara vez a los que andan, ni a las tiendas. Pero algunas veces rompo la rutina. Hoy he mirado al escaparate del estanco. Salía de comprar mi tabaco de liar cuando he mirado a las pipas del escaparate. Junto a ellas había un corazón colgando. ¡Joder!, me he dicho. Hoy es San Valentín. Pronto estaba pensando en algo para escribir. Pronto estaba pensando en qué me iba a comprar para comer en los próximos dos días. Quizás lo mejor sería comprar algo de arroz para poder hacerlo con las verduras que no me quiero comer a secas. Podría comprar una de esas salsas. Y así lo he hecho. He comprado eso y algunas cosas más, como leche, a la que últimamente tengo adicción. Siempre abro el buzón de casa cuando llego a la escalera de bajo. ¿Por qué? No tengo ni idea. Una referencia más para no perderme, supongo. Un paquete. Había un envío desde Méjico, nada menos. Era Marcos, un compañero de la facultad que estaba ejerciendo ya de médico. Se fue allí porque no creía en lo de aquí, o algo así me explicó. Subí a casa, abrí la puerta, salté a la cocina, dejé las bolsas de la compra, me fui al cuarto, me lié un cigarro. La verdad es que soy repetitivo, pero soy consciente de que lo hago y de lo que hago (es un buen juego de palabras y sentidos). Unas caladas de descanso, que es como decir: voy a descansar del infierno de la calle. Me levanto y voy a la cocina, donde ordeno cada alimento con riguroso orden en su sitio. ¡Mierda!, menuda importancia le he dado al paquete de Marcos. Así que dejo unos congelados por guardar y voy al cuarto para abrir el envío de Marcos. Dejo la carta a un lado y voy a abrir al regalito. Creo que soy impaciente, a veces. Era una extraña botella con un líquido denso, marrón. Será café o como extracto de café condensado, él sabe que a mi me encanta el café. ¡Los congelados! Voy corriendo a la cocina a meter los congelados en su sitio. El congelador está lleno, siempre está lleno. Pues dejaré esto en la nevera, que no preserva tan bien (que no también) los congelados pero es mejor que dejarlos fuera. Vuelvo al cuarto y leo la carta de Marcos. Siempre tan gay. Que a ver cuándo nos vemos. Que se acuerda de mí. ? Que le encantaría que le llegara su carta el día de San Valentín (esto lo he pensado yo, no me lo ha escrito él). No me explicaba nada de la botellita con café. Así que fui a probar el café a la cocina. Antes de prepararme el café le eché un vistazo a los congelados. Típico que le pasas la mano por encima para ver si siguen manteniendo el congelado. Están congelados. Siguiendo la idea que era un extracto de café, iba a hacer una cosa: pondría una cucharadita de esto y el resto de la taza con agua hirviendo. Así lo hice y así me lo tomé. Estaba delicioso. Fue entonces cuando pensé en Marcos de verdad. Como se lo curra el tío. Hacía más de un año que no nos veíamos y tenía consigo mi dirección, se acordaba de mí y encima me escribía y me enviaba café. Pensando en Marcos fue cuando entré en aquel bosque del que quería hablarles. Tanto tiempo solo no era bueno y fue entonces cuando me di cuenta. Estaba rodeado de unas treinta personas, allí, tirado en el suelo ¡y no sabía qué decirles! Perdonen, perdonen. Estoy un poco mareado. ¡Es normal!, me gritó alguien. Y siguió: es que aquí con tanta curva, tanta piedra, tanto correcaminos es un dolor de cabeza. Y me enamoré de él…no es un enamorar de amor, sino una manera de decir. Quiero decir que el verme apoyado por aquel hombre en aquella situación extraña me agradó y me hizo sentir bien. Me puse de pie y seguí caminando… ¿Caminando? ¿Hacia dónde? Hacia delante, como si aquellos angostos caminos hubieran sido mi casa toda la vida. Cuando los árboles dieron el primer apagón de luz me tuve que parar. ¿Dónde estoy? ¿Qué es esto? Bien, lo único que sabía era que estaba en un bosque, que había dejado atrás a un grupo de personas, los árboles…Miré hacia arriba y en uno de los árboles colgaba un cartel que decía: Ilusión. Pues eso me hizo a mí. Me erguí y sacudí mis extremidades, como desperezándolas, quitándoles tensión, dándoles vida. Di unos pasos hacia delante. Además, ¿por qué parar? Pero demasiados pensamientos me ataban a quedarme quieto, el miedo, la duda, el nerviosismo. Pero seguí, más despacio, hacia delante. En el camino me topé con un grupo de campistas, que por la hora que era habían montado las tiendas y encendido dos fuegos donde ya cocinaban. Me acerqué, sigiloso, por el camino que me llevaba hasta casi la puerta de la zona de camping. Cuando llegué a la puerta leí el letrero donde ponía el nombre: Sabiduría. Antes de que empezara a rayarme la cabeza con el nombre del campamento, salió una mujer a decirme que pasase. Entré con miedo. En Sabiduría lo aprendí todo. Es una manera rápida de decirlo, pero así fue. Me dieron de comer y me explicaron dónde estaba: esto es un laberinto. Aquí todos buscamos. La cuestión es seguir siempre hacia delante, no parar e ir venciendo etapas. Ilusión era la segunda, Sabiduría la tercera etapa. Samuel, marido de Encarna, la mujer que salió a recibirme (supongo yo eso, porque quién diría que me esperaban) me cogió por los huevos con su cuello, es decir, me alzó en sus hombros para que me asomara. ¿Qué tenía que ver? Estaba claro, tenía que ver la última etapa que ya desde aquí podía verse. Lo que vi cuando Samuel me alzó en sus hombros fue que, a más de un millar de kilómetros, o más, pues ya sabes que calcular las distancias es un asunto personal, se veía un montículo, que supuestamente cuando estuviera debajo del montículo era una montaña tipo Everest. Eso lo pensé yo. Pues, en aquel montículo? estaba la última etapa, a la que nadie sabía si alguien había llegado alguna vez y, según cuentan las leyendas, que el Creador había dicho que aquella última etapa se llamaba: Amor. ¡Yo creo que a mi me están engañando y que el Amor se encuentra en etapas anteriores!Se ve que el Samuel me había soltado de golpe de sus hombros que pronto estaba de nuevo en casa, sentado sobre el sofá del cuarto, el cigarro todavía humeaba y ya no había bosque. ¡Qué manera tan absurda y rápida de decirlo! Pero estaba en casa. Sobre la alfombra del cuarto, manchada por el café, descansaba la taza y bajo la taza la carta de Marcos.? A unos palmos de la alfombra estaba la envoltura del paquete de Marcos, que, curiosamente, escondía un papelito que todavía yo no había leído, el cual ponía: extracto de café exótico. Ei, José Luis, sólo una gotita por cada litro de agua para hervir. Sé que este café es bueno. Te gustará?
Nota del autor: si has llegado hasta aquí habiéndolo leído todo sin haber pasado al final o a la nota del autor antes, ya es una muestra de Amor. ¿Estará más cerca de lo que parece?