Desde la callada soledad del que siempre espera, pudimos observar, durante milenios, el vuelo del águila. Aprendimos a sentirnos ángeles cuando, habiéndolo calado en nuestras mentes, pudimos alargar los brazos cual lo hacía el águila al disponerse a alzar el vuelo. La gravedad nos impidió volar, pero volamos con la imaginación, agudizamos la vista para poder ver detrás de las rocas y de las montañas. También aprendimos a predecir el tiempo con el olor de la tierra y los guiños de la luna. Igual que el águila cambia su pelaje con el tiempo, cambiamos nuestra ropa a gusto, pintamos nuestros rostros para camuflarnos o para atemorizar, aprendimos a graznar con la garganta, a picar a hacer daño, a ser más listas que los adversarios, a desaparecer rápidas como el viento. Con todo esto, la inteligencia y la sabiduría se desplegaban por sí solas, al mismo tiempo que adquiríamos facultades y conocimientos. Dominamos la tierra, dominamos el viento. El futuro es nuestro.?
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