Con los mismos ojos de niña, con los que había empezado a aprender, con los mismos con los que sacaba a la luz todos mis sueños y mis males, los ojos espejos del alma, veía alejarse la casa donde tantas horas había vivido, sola, también llena de buena gente, veía alejarse el banco del parque, y el césped y aquel suelo delante del césped donde nos tumbamos. Con mis ojos de niña pegados al cristal de detrás del coche miraba todo lo que había aprehendido, los lugares que me habían enseñado cosas, recordaba cada uno de los sitios donde había soñado algo, donde había dicho algo, donde me habían besado. Y eran simplemente recuerdos, y sitios, y vivencias pero eran algo más que algo, eran mi vida, las pequeñas partes de mi mundo interior, las manifestaciones de mi ser interior. Allí bebiendo agua, allí sentada, allí tomando café, allá abrazada, allá perdida, allá conversando…sitios, lugares, letras, imágenes, gente. Demasiadas cosas desordenadas pero cosas dentro de un mismo sitio, no sé cómo explicar. Se alejaban las cosas, mi casa, mis recuerdos, pero no se alejaban ellos, me alejaba yo con el coche, con el coche que conducía mi padre. A su lado estaba mamá. Ellos no podían imaginar lo que había cambiado yo, es difícil saber eso, porque estos cambios no se pueden medir, sólo se intuyen. ¿Los habrán intuido, sentido? Seguro que sí. No puedo dejar de expresar, se habrán dado cuenta que algo nuevo tenía dentro. Mis ojos hablaban de algo más que ayer, cuando todavía estaba en casa. Mis ojos hablaban de una libertad desconocida, de un sentimiento, de un amor, de un logro, de una lucha, de haber ganado. Me di cuenta que había crecido, que empezaba a ser mayor, que empezaba a tener una fuerza por dentro que nunca había tenido. Mis ojos veían lo que dejaba atrás, pero en ellos grabado estaban las imágenes y más allá de las imágenes había un sentimiento: algo grande, algo que viajaba conmigo desde hacía poco tiempo pero por siempre…?