Pensatiempos – J. L. Andreu Berzosa » 2006 » Junio
(Presentado al concurso de poesía? narrada
de Poesya.com, a falta de resolución)
?
¡Apaga tú si puedes
la bomba del sentimiento!,
o ponle nombres absurdos
o afirma si quieres
que es pura química,
que es geometría
o matemática.
Ríete de mí y de mis actos,
no te creas nada de lo que hago
o digo o escribo.
Destruye mis sueños
y quema mis escritos
y revienta mi ser por completo.
¡Apaga tú si puedes
la bomba del sentimiento!,
congela tus sentidos,
cristaliza tus ojos
y oculta tu llanto.
Miéntete si no quieres conocerte
y fabrica tu vida
en lugar de soñarla,
y yo mientras
seguiré escribiendo poesía
El ser humano, para no perderse, erige dioses. Los dioses, símbolo? figurativo de la religión, son como clavos ardientes a los que agarrarse para no caer. Podría suponer al fiel, al hermano, a cada una de las personas que entran en una iglesia, al creyente, podría suponerlos como personas conformistas. Podría suponerme yo como un inconformista, como una persona que se niega a pensar que existe algo más allá, como alguien orgulloso y egocéntrico porque no quiere arrodillarse ante nadie, ante algo que es más grande que yo. Pero pienso que sí hay algo más allá, algo sin nombre, desconocido. Por pensar en ello no puedo ni dormir. Por pensar en ello sigo buscándome dentro, porque si Eso existe ha de estar dentro de mí, porque si Eso me ha creado algo de él tengo dentro. Me declaro inconformista porque mi dios no me puede pedir que tenga fe en él sin saber quién es, ni qué quiere. Nos hizo desconfiados… Eregimos dioses porque no tenemos asideros, porque no creemos en nosotros mismos, porque aún creando dioses seguimos perdidos. Y así, unos crearon a su dios y le pusieron de nombre Cristo. Otros le llamaron Mahoma, y así la lista de Reyes Godos. Otros, más suspicaces y terrenales, erigieron dioses en la bebida, en las drogas, en las máquinas de juego, en los automóviles; mientras que algunos locos eregimos nuestros dioses en cosas bellas, como la poesía, el amor, el abrazo, la sonrisa, la felicidad, el deseo puro, el amor. Pero son dioses que caen por su propio peso. No existe nada perenne, nada imperturbable, nada que te acueste y te levante. No existe un dios que ame sin esperar a cambio, que respete, que cuide, que amamante, que espere, que escuche. Envidio a Santa Teresa que, si no me ha mentido también, veía a dios en todas las partes y a todas horas. Me acojonó esa idea, esa dedicación plena, me da miedo, pero puede ser posible. Por eso ella es santa y yo no. Ser santo da miedo: puedes caer en la cursilería, en el amor desmedido y sin sentido poniendo la otra mejilla para que venga alguien a hostiarte; es que ser santo en los tiempos que corren está difícil y mal pagado. Decir “Santo” ya es decir separación, división. El santo no es universal, pero supongo que alguno sufrió y vivió para contarlo, no me gusta cerrar ninguna puerta ni posibilidad. Yo solo pienso…
Había sido un viaje largo. Subvencionado por largas noches de música en un pub de Barcelona, conseguí viajar para conocer al maestro. Creo que mi esfuerzo había sido mínimo por conseguir ese encuentro. Pero eran seis meses cambiando mis horas de sueño, peleando con borrachos por tocar otra más, compitiendo con el alcohol y con el tabaco para no utilizarlos más de la cuenta…es una justificación, pero las cosas venían así, y había conseguido lo que me proponía. Tampoco sabía qué iba a obtener después de aquel viaje y de aquel encuentro, pero sabía que disponía de quince días libres para aprender y exprimir al máximo las enseñanzas de un ser que, para mí, y para quizás no muchos, era más que especial, que era un sabio, un genio, una mente despierta, un maestro del conocimiento: D. Äddye. Llegué en avión a la ciudad. Encontrar el rincón al que se había retirado el Maestro costaba lo mismo que enhebrar una cuerda gorda por el ojo de una aguja. Esta fue una de mis primeras misiones cuando empecé mis viajes iniciáticos con el Maestro: “Cuando enhebres esta cuerda por el ojo de la aguja, sabrás que tú formas parte de cada mínimo objeto de la creación”. Hay quien pierde una vida buscando a dios en ningún sitio, hay quien encuentra a dios en cada pliegue de tiempo o de piel, en cada sonido, en cada objeto, en todo lo que puede ser o no sentido. Fue mi primer viaje…
El viaje por la mente es una gran aventura desconocida a paisajes exóticos sin fotografiar. Es un viaje efímero o bien de por vida. Es un viaje de respuestas y de miles de preguntas, es más que un viaje diría yo. La mente es el reflejo de un enlazado de situaciones, evolución, desarrollo, magia, palabras, fotografías, música, pensamientos…Es un infinito que proviene desde los confines del tiempo y que, quizás persista hasta el final de los tiempos, donde empezará una nueva era. Es decir, algo hay en nosotros del big-bang, de Adán y Eva, de Buda, del jardín del Edén o de cada uno de los habitantes del planeta desde sus albores. Para aplacar la grandeza, para entender la grandeza de la mente pueden tomarse varios caminos: acotarla, hacerla más pequeña, reducirla a menos para poder acapararla o bien mezclarse con su grandeza y sentirse algo pequeño dentro de esa grandeza. Da miedo. El viaje por la mente puede ser real o podríamos decir que irreal puesto que no hay mucho escrito, se sabe poco. Pero existe la mente como concepto. Está el cerebro: masa física de kilo y medio con 10? a la 15 conexiones neuronales, el cual comenzamos a conocer. Después está la mente, que es la actividad del cerebro: pensamientos, sueños, los motores de nuestros actos…Quienes queremos trabajar en esto lo tenemos jodido, porque ? todo lo que podamos decir debe estar bien hilvanado, muy estudiado…por eso afirmo de vez en cuando que lo que podamos decir es bueno, puede ser cierto.
Dedicado a quien piensa en esto, dedicado a quien se dijo por dentro y exclamó por fuera: ¡eso es!, ¡la mente humana!
El sol, en su recorrido cíclico, hacía parada en lo alto de nuestro hueco geográfico. Sufrían los árboles si no iba nadie a bañarlos, sufrían los cuerpos si no tenían agua, estallaban las rocas de las catedrales góticas por el calor. Nos movíamos en grupo, emigrábamos en grupo buscando la costa, el agua, el mar donde refrescarnos, excepto él. Él parecía ajeno a todo, incluso las gotas de sudor que caían por su rostro o que mojaban su camiseta, parecían ajenas a su sensación de agobio -estaba demasiado tranquilo-. Parecía ajeno, pero no irreal el ser, que, mientras yo abandonaba como último habitante el pueblo, él llegaba, como solitario fantasma, a pasar aquí unos días. El hombre venía solo; solo portaba una mochila por la cual asomaba el lomo de un libro. Quizás no llevara ni ropa consigo. Enfrentaba al calor, al mismo sol, mientras buscaba una fuente donde poder beber…?

