El Muchacho Misterioso
Cuando llegué a los escalones, él ya estaba sentado en el banco. Tenía un libro de tapas verdes sobre las piernas. Leía con intensidad, por la mirada fija en el papel, incluso exclamaban sus ojos, como mostrando toda la atención que ponía en las letras. A unos metros aguardaban un grupo de chicas, también sentadas en el banco, que era muy largo. Me senté en las escaleras y encendí un cigarro. De reojo volvía a mirar a aquel muchacho. Era atractivo, no pude negármelo. No tenía una constitución ancha, todo lo contrario, más bien era pequeño, pero era más su imagen: la perilla sin arreglar pero no abundante, los rebordes de la cara marcados por el bello, un surco oscuro de unos centímetros de grosor. Tenía el pelo corto, engominado, sin perfección de formas pero bien puesto, asimétrico pero gracioso. Sus manos descansaban tranquilas en el banco. Las piernas estaban cruzadas una sobre otra, demostrando paz y sosiego. Su imagen desplegaba conocimiento, sensibilidad, profundidad. ¡Seguro que es gilipollas!, me dije por dentro. ¡Seguro que lee para que las chicas de al lado le observen y piensen que es inteligente!. No será nadie especial, ni grande. Mi cabeza quería destrozar la majestuosidad del muchacho. El grupo de chicas se marchó. Apenas si le miraron. Pasaba desapercibido, pero allí estaba. Aguanté mi posición en las escaleras, mirando a todos sitios para despistar mi mirada de la suya. Cerró el libro, levantó la vista, silbó. En dos segundos apareció un perro blanco: su lazarillo. El muchacho estaba ciego.


Sin Comentarios to “El Muchacho Misterioso”