Pensatiempos – J. L. Andreu Berzosa » 2006 » Abril
Cuando llegué a los escalones, él ya estaba sentado en el banco. Tenía un libro de tapas verdes sobre las piernas. Leía con intensidad, por la mirada fija en el papel, incluso exclamaban sus ojos, como mostrando toda la atención que ponía en las letras. A unos metros aguardaban un grupo de chicas, también sentadas en el banco, que era muy largo. Me senté en las escaleras y encendí un cigarro. De reojo volvía a mirar a aquel muchacho. Era atractivo, no pude negármelo. No tenía una constitución ancha, todo lo contrario, más bien era pequeño, pero era más su imagen: la perilla sin arreglar pero no abundante, los rebordes de la cara marcados por el bello, un surco oscuro de unos centímetros de grosor. Tenía el pelo corto, engominado, sin perfección de formas pero bien puesto, asimétrico pero gracioso. Sus manos descansaban tranquilas en el banco. Las piernas estaban cruzadas una sobre otra, demostrando paz y sosiego. Su imagen desplegaba conocimiento, sensibilidad, profundidad. ¡Seguro que es gilipollas!, me dije por dentro. ¡Seguro que lee para que las chicas de al lado le observen y piensen que es inteligente!. No será nadie especial, ni grande. Mi cabeza quería destrozar la majestuosidad del muchacho. El grupo de chicas se marchó. Apenas si le miraron. Pasaba desapercibido, pero allí estaba. Aguanté mi posición en las escaleras, mirando a todos sitios para despistar mi mirada de la suya. Cerró el libro, levantó la vista, silbó. En dos segundos apareció un perro blanco: su lazarillo. El muchacho estaba ciego.
? ? ? Hay íes que caminan
? ? ? demasiado erguidas
? ? ? ? ? y orgullosas.
? ? ? ? ? Las aes siempre están de fiesta;
de falda corta
y sonrisa siniestra.
Las oes adoraron la comida,
que es mejor que adorar la mentira
que adoran las íes o las aes.
Las ues se estiran en el suelo
y descansan su espalda
del peso del trayecto.
Yo prefiero las es
que proyectan su corazón
hacia fuera.
Hay que aprender a no ser nadie, a no ser nada. Hay que aprender a arrinconarse, a que nos arrinconen y a no sufrir por ello, porque es parte del ser, del vivir. Hay que aprender a ser como la música que te pones cuando vas a estudiar: un mero objeto de fondo. Somos canales, somos cilindros de paso de información (con una entrada y una salida), somos filtros de información, somos parte de una cadena. Si te comparas con la cadena entera siendo tú un solo eslabón, es normal que te veas pequeño, pero sin ti la cadena no avanza, no existe, no se enlaza. Habrá días en los que seas todo y días en los que seas nada. Los días que te hagan sentir bien es porque la información, la energía pasa por esa parte de la cadena donde estás tú. Somos objetos de nuestro compañero: él nos utilizará para conocerse, para compararse, para sentirse mejor, y no debemos tener rencor por ser utilizados, porque al mismo tiempo tú utilizas a otros, es decir, todos somos necesarios unos a otros, porque gracias al otro tú avanzas, tú sonríes, tú has mejorado, tú te has enriquecido, tú has amado, y ese largo sinfín de cosas que nos llenan como islas que somos, que nos llenan a cada uno en particular.
A veces, la misma realidad que te ha destrozado, por todo lo que te ofrece, por la confusión que crea (la realidad es lo que vemos día a día: las personas, los árboles, el trabajo, los estudios, cada uno lo que ve y siente día tras día con lo exterior), a veces, esa misma realidad pavorosa, deprimente, te ofrece lo más grande, lo más hermoso, lo más privilegiado. Entonces, ¿la realidad es pavorosa o hermosa?. Me respondo que la realidad es siempre la misma; el que cambia es uno mismo. Ayer veía la realidad como un aburrimiento, como un todo que se repite sin control, sin sentido. Hoy ya es todo lo contrario, porque así es, porque así quiero verlo. Hay realidades que me atan al suelo, que no me dejan dormir porque me hacen amarlas más que al mismo sueño, y me llena, porque me atrapa a la vida. A la vida me atrapa una persona humana, no una droga, ni una metáfora, ni un sueño, ni un dios inexistente, ni nada que está en el aire, sino que a la realidad, que tanto odio y amo, a esa realidad me ata una persona humana: su sencillez, su mundo, sus tantas y pocas cosas tan diferentes a las mías, pero tan mezclables al mismo tiempo. La respuesta está en la persona; nosotros tenemos la psoibilidad de hacer de todo esto una realidad hermosa, agradable, plena, llena. Las personas somos nuestro dios interior


