Querido Maestro:
¡Cómo me cuesta aceptar que la derrota más triste es la victoria más placentera!. Ya sabe que no puedo dejar de llorar, y que no puedo dejar de escribirlo. Me duermo en las bibliotecas y allí grito, maestro. Ya sabe que soy uno de los pocos locos de verdad, un solitario de los únicos, pero ¿qué más da quiénes seamos?; sigo y sigo sus enseñanzas. Cada palabra suya es un mundo más grande que en el que vivo. Sigo pensando en que me da miedo, querido maestro, viajar allí con usted, a su lugar privilegiado. No puedo evitarlo, pero sigo siendo un simple hombre. Hasta pronto, José Luis…